Episodio 10. Siento más de lo que puedo confesar…
22 Octubre, 2018

*

 

Uno de los departamentos más exclusivos de la agencia, el más céntrico, el que contaba con elevador directo del estacionamiento al recibidor; se escogió como punto de encuentro. Ahí llegaron Fabio y Manolo con Mariana, tras media hora de feroz batalla con el tráfico. Una vez ahí recostaron a Mariana en uno de los sillones de la sala, tratando de que estuviera cómoda, pero sin desamarrarla ni quitarle la mordaza. Con cierto remordimiento Manolo checó su pulso, le sorprendía y preocupaba que no reaccionara. Estaba viva.

En la habitación principal había una botella de champaña enfriándose, misma que Fabio destapó y sirvió en dos copas de cristal, después de darle un gran trago a bocajarro.

El departamento completo estaba acondicionado con los detalles habituales para recibir a una pareja de amantes, ya que para evitar que la suerte jugara chueco enviando visitas inesperadas, Fabio anunció en la agencia que ese departamento sería usado por un cliente todo el día.

Cuando Manolo aceptó la copa, bien supo que no era para brindar, se la bebió casi toda de un solo golpe.

Para cuando descubrieron la bandeja de fruta y carnes frías dentro del refrigerador, Mariana ya había vuelto en sí. Las miradas que intercambiaba con sus raptores no eran nada amistosas. Manolo tuvo la intención de quitarle la mordaza, sin embargo, Fabio lo convenció de no hacerlo.

—Ya ha hablado demasiado —justificó.

Durante algunos eternos minutos Fabio le sostuvo la penetrante mirada a Mariana, hasta que se animó a decirle:

—Nada de esto estaría pasando si no hubieras sido una traidora —dio un trago a su copa y continuó—. Cuando un hombre casado escoge a una amante, está depositando en ella toda su confianza. Cuando se van a la cama por primera vez, en ese momento, ambos aceptan las reglas no habladas del juego, pero tan válidas como cualquier contrato. No pueden, más bien no deben, infringirse. Si no estabas dispuesta a respetarlas no hubieras entrado en este juego —Fabio se levantó, se sirvió más champaña y continuó con su monólogo, bajo la agresiva mirada de Mariana y la pasiva sorpresa de su primo—. ¿Por qué algunas creen que por ser amantes luego pueden pasar a ser algo más? ¿Por qué no se conforman con ser amantes, pasar un buen rato y ya? Además, ¡eres una hija de la chingada!, estabas dispuesta a jodernos a pesar de recibir el dinero, lo confirma tu cita con el supuesto periodista para venderle una copia de las fotos de Don Eusebio, mientras, al mismo tiempo le enviabas una copia de las mías a mi esposa por mensajería. No había conocido a una mujer tan maquiavélica y vengativa. ¿Por qué? ¿Por qué esforzarte tanto en destruir lo que tenemos?

A Mariana le hubiera gustado decirle que todo lo hacía por la sencilla razón de que eran simples perros calenturientos, a los que únicamente les interesaba satisfacer sus bajas pasiones sin pensar en el dolor que causan con sus engaños. Pero, como estaba amordazada, no pudo decirle nada.

El estéreo se encendió de pronto saboteando el resto del sermón de Fabio.

—Perdón —dijo Manolo, tratando de buscar el botón para bajar el volumen.

—Pero ya ves, todo te falló —finalizó Fabio, en ese momento sintió vibrar su celular; únicamente vio de quién se trataba, de facto supo lo que esa llamada significaba.

Sin motivo aparente, mientras Manolo mataba el tiempo inflando unos condones que se había encontrado en la mesa de centro, Fabio tomó entre sus manos el revólver que le habían quitado a Mariana y que al entrar pusieron sobre la mesa; era un arma muy poco femenina, pensó al abrir la corredera. Vio que tan sólo traía cuatro balas y, de inmediato, su cerebro le mandó una imagen, una duda y una posible respuesta. Por lo que se acercó a Mariana retirándole la cinta de la boca bruscamente y le reclamó:

—¡Te faltan dos balas!… Tú fuiste, claro, tú fuiste quien me disparó aquella noche.

—De alguna manera tenía que presionarte para que cometieras un error —el cinismo estaba embarrado en las palabras de Mariana— y resultó —apostilló.

En un arranque de cólera, Fabio la encañona ante la mirada incrédula de Manolo, quien suelta el condón a medio inflar, el cual vuela escandalosamente por la habitación.

—No te atreves, eres demasiado cobarde, al igual que todos tus clientes. Se creen muy cabrones, pero no pueden mirar a los ojos a sus esposas y decirles la verdad.

Fabio prácticamente tira la pistola sobre la mesa mientras trata de tragarse todo el coraje que está destilando en ese momento.

Es cuando las puertas del elevador se abren, escupiendo a Don Eusebio Gracilaza y enseguida a Félix.

—Sólo tengo unos minutos; no puedo desaparecer mucho tiempo. Tengo que llegar puntual a una entrevista en la radio —el candidato tomó una silla, la colocó frente a Mariana y se sentó en ella—. Hola —le dice, esbozando una amplia sonrisa.

—Sabía que regresarías por otra mamada, todos lo hacen —comentó Mariana, sonriente, desafiante…

Don Eusebio, sin levantarse, logró acomodar un certero puñetazo en la boca de Mariana. Manolo reclama con un sonoro “¡Hey!” por puro reflejo. Félix desenfunda su arma y le apunta. Manolo alza las manos en señal de que permanecerá tranquilo.

Mariana, con las comisuras de los labios teñidas de rojo, sonríe antes de escupir saliva ensangrentada sobre la humanidad del candidato. Quien con desdén se limpia, al mismo tiempo que comienza a dar una explicación que nadie le pidió:

—¿Se acuerda de aquel canto de sirenas del que le hablé? —Fabio responde afirmativamente con un movimiento de cabeza—, pues… esto era aquel canto. Si los contraté fue para poder cogerme a la amante de mi yerno sin que nadie se enterara ni sospechara; gracias a ustedes eso fue, por desgracia, casi posible. La noche que llegué al hotel y la vi en bata, en el baño… no había estado tan excitado en mucho tiempo; me besó sin darme tiempo de nada, se arrodilló frente a mí y comenzó a chupármela de una manera gloriosa; cuando exploté sobre ella, cuando estaba yo en el ansiado paraíso, me precipité al infierno. Sin ni siquiera recuperarme por completo del orgasmo tan brutal que me provocó, se levantó y, con un cinismo que rayaba en la burla, me dijo: ahora te toca a ti. Se abrió la bata y quedó frente a mí una verga erecta, ¡asquerosa! Sufrí un shock, tardé un par de segundos en reaccionar, cuando lo hice me lancé sobre ella, sobre él, pero salió corriendo, carcajeándose, limpiándose el semen que aún tenía en la mejilla —Don Gracilaza se levantó haciendo pausa a su relato, percatándose de que Fabio y Manolo estaban atónitos, ni siquiera parpadeaban al observar a Mariana—. Obviamente no lo alcancé, lloré de rabia, destrocé toda la habitación, como deben saberlo ya. No lo podía creer, no puedo explicar el asco, la humillación. Jamás me había sentido un verdadero imbécil, hasta ese día.

—¡Sopas!, la sirena resultó ser tiburón —comentó Manolo. Nadie se rió.

—Ya se imaginarán por qué se suicidó mi yerno —continuó el candidato—. Le sobraron motivos después de que este infeliz le confesó todo a mi hija, mostrándole fotografías explícitas de ellos dos teniendo relaciones. Mi hija está devastada, lleva días sedada para poderse controlar. Mis pobres nietos son los que más están sufriendo, con un padre muerto, una madre a punto de la locura y un abuelo carcomido por el odio —a la sordidez de la confesión le siguió un silencio espeso que reinó por unos instantes, en los que Don Eusebio descubrió el arma sobre la mesa—. En verdad que ustedes piensan en todo —añadió con sorna, mientras se colocaba los guantes de piel que había sacado del bolsillo de su saco. Fabio toma distancia, Manolo lo imita. Acto seguido: el candidato toma el revólver, quita el seguro y, sin titubear, le dispara a Mariana, justo en la entrepierna—. Créeme que me gustaría dejarte así, para que te mueras poco a poco mientras te desangras —le dijo Gracilaza a Mariana, quien se revolcaba en su propia sangre sobre el sillón, contorsionándose, gimiendo por el dolor—, pero tendré compasión de ti, ya que… Soy un Hombre de Bien —lo que continuó a sus palabras fue un segundo balazo que entró por la frente y salió por la nuca de Mariana, con parte de su masa encefálica. El humo que exhaló el cañón del revolver se esparció acusadoramente por toda la habitación.

El candidato puntero a la alcaldía, Don Eusebio Gracilaza, se inclinó sólo para escupir sobre el rostro deformado e inerte de quien por mucho tiempo fue su más dolorosa tentación. Le entregó el revolver a Félix, quien permanecía sin inmutarse, cual enviado especial de la ONU con la misión de evaluar los daños sin interferir. El guarura guardó el arma en una bolsa de plástico y la selló, mientras su patrón, como buen político, daba su sermón de partida:

—Pues les agradezco mucho esta oportunidad, era algo que yo mismo tenía que hacer. Les comento que me quedaré con esta arma, díganme sentimental, pero la tendré como un recuerdo de su amistad y para recordar que son incapaces de hablar sobre lo sucedido. Sé que está de más comentarles lo desastroso que sería que este recuerdito llegara a manos de algunos amigos míos, junto con el video y las fotos que tiene Félix de ustedes, golpeando y secuestrando a… esto, en el estacionamiento —dio media vuelta encaminándose a la salida, al oprimir el botón que llama al elevador, se volteó para recordarles:

—No olviden votar, cada voto cuenta —el elevador se tragó a ambos.

Manolo sentía la acuciante necesidad de hacer, o por lo menos, decir algo, pero su subconsciente resultó más cobarde de lo que creía y lo mantuvo inerme, presa de un mutismo impostado.

Aunque Fabio procuró en todo momento mantenerse enhiesto, palideció notoriamente a pesar de saber que eso tenía que suceder. No creyó salir tan dañado. Estaba a punto de vomitar, aún así, contra la repentina rigidez de sus músculos, sacó el celular para llamar a Francisco, quien minutos atrás había telefoneado con el único fin de anunciar que ya todo estaba listo, según lo planeado.

—Ya puedes subir —anunció—. Cuando termines nos vemos en la oficina —le recuerda, desdeñoso.

Antes de irse buscaron una explicación. Probablemente habría alguna reconfortante, pero allende a ese mundo en el que se encontraban, por el momento, la que ambos fingieron hallar fue aposta, a la medida, con la que, supuestamente, lograron engañar a sus conciencias.

 

 

*

 

 

Hacía tiempo que no me daba un baño de tina. Hoy, que los niños no tuvieron tarea, aproveché para rentarles una película que los entretuviera, mientras yo me daba este apapacho. Me hacía falta.

Un buen rato me quedé contemplando las gotas de agua que escurrían por el cristal de la bañera. Veía cómo resbalaban al azar, cambiando su trayectoria ante cualquier detalle que se interponía en su camino, por insignificante que éste fuera. Observaba cómo chocaban unas contra otras, algunas volviéndose una sola más grande, otras dividiéndose al tomar caminos diferentes. Por un momento me divertí imaginándome dentro de una de esas pequeñas gotas, viajando en su interior a toda velocidad por un derrotero húmedo e imprevisible, hacia un destino desconocido. En eso recordé mi imprudencia al hablarle la otra noche y haberle dejado un mensaje en el buzón de voz; ha de pensar que soy una infantil, aparte de una descuidada. Me dejé llevar sin pensar en las consecuencias. Aunque confío plenamente en él, como sé que él confía en mí.

Cuando la gota en la que estaba encaramada llegó al borde de la tina y se perdió, mi mente cambió de panorama; me puse a pensar por primera vez en mi matrimonio, en aquel soplo frío que, dicen, te golpea el corazón cuando tu marido te es infiel, el cual yo nunca he sentido, y me pregunto si él sentirá algo similar. Sinceramente lo dudo mucho, si no capta tantas cosas que prácticamente se las grito a diario, no creo que su antena receptora se encienda de repente.

No, imposible no es, pero dudo mucho que él me esté engañando, puede tener muchos defectos, pero no es del tipo de hombre que arriesga todo por unas nalgas. Y si lo fuera, si anduviera revolcándose con otra, no me gustaría enterarme, que se quede con su secreto, así como yo siempre me quedaré con el mío.

Sé que tanto “social” como “moralmente” no está bien lo que estoy haciendo y, aunque no pienso convertirme en una mujer sexualmente hiperactiva, tampoco está en mis planes el embriagarme con arsénico al estilo Madame Bovary. Menos ahora, cuando por fin estoy decidida a ya no adormecer mi sexualidad, sino al contrario, quiero disfrutarla, quiero mojarme de deseo y darle de beber a quien tiene sed de mí, quiero tener orgasmos que duren más que lo que dura una ilusión. Por un tiempo creí que podía ser feliz con lo que ya tenía, y lo soy en algunos aspectos, como madre, como hermana, hasta podría decir que como esposa… pero no como mujer.

Prendo el hidromasaje dándole carpetazo a mis reflexiones existenciales. Me acomodo de tal manera que el chorro de aire acaricie directamente mi vulva, así me quedo un largo rato, imaginando que las burbujas son la lengua de mi amante.

Creo que hoy sí esperaré despierta a mi marido.

 

 

*

 

 

Cargando sobre sus hombros un peso que hasta ese momento desconocían, pero con la seguridad de que hasta al mismísimo Atlas le pesaría más que la mentada esfera celeste, Fabio y Manolo llegaron a la agencia presumiendo una tranquilidad espuria, que elaboraron detalladamente durante el trayecto desde el bar donde se refugiaron por varias horas al salir del departamento, donde trataron, inútilmente, de desintoxicar su mente de la reciente experiencia.

Los recibió Rivelino, al parecer ya recuperado de su berrinche. Era de los pocos que todavía se encontraban trabajando en una coartada de último momento, pues la mayoría, por la hora, ya se había retirado. Preguntó tranquilamente si ya se había arreglado todo. Le respondieron que sí, que únicamente fue necesario un suculento cheque, un boleto de avión sin regreso y asunto finiquitado. Fabio no estuvo seguro de que les hubiera creído, pero sí de que Rivelino no quería saber más, entonces supo que hizo lo correcto al ocultarle lo que harían para resolver el problema con Mariana. Para algunos la ignorancia es un bálsamo necesario para poder vivir tranquilamente. Hay verdades que pesan demasiado.

En ese momento Francisco entró a la agencia con la bolsa de una tienda departamental en las manos, tan despreocupado y campante como quien regresa de una tarde de compras. Se siguió de frente hacia la oficina principal, tras la discreta indicación que Fabio le dio con la mirada.

—Yo solamente recojo las cosas que dejé en la oficina y me voy, necesito descansar un poco —dejó saber Manolo.

—Gracias, primo —le dijo Fabio, pero fue su mirada, junto el breve silencio, los que realmente expresaron toda la gratitud que sus palabras no le permitieron.

Fabio tomó camino hacia su oficina para ver a Francisco, Manolo hizo lo propio.

Al entrar Manolo a su oficina detrás de él lo hizo Fabiola, quien cerró la puerta de inmediato.

—Te dije que iba a estar esperándote —le espetó con los brazos cruzados, retadora.

—No pude, tuvimos que salir a resolver algo importante —dijo Manolo sin ánimo de que pareciera una justificación, sin mirarla, mientras sacaba del cajón del escritorio su cartera, reloj y demás pertenencias.

Fabiola se acercó a él, desafiante. Colocándole el dedo índice en su pecho le dijo:

—Si crees que por ser primo del dueño vas a poder dejarme plantada, estás muy equivocado —en ese instante, sin aviso previo, lo besó efusivamente—. No he dejado de pensar en ti desde anoche —reclamó antes de arrodillarse frente a él y comenzar a desabrochar su pantalón.

—No, no creo que sea buena idea —Manolo la tomó por un brazo obligándola a levantarse.

—¡¿Qué bicho te picó?! —inquiere ella, sorprendida.

—Ninguno, no estoy de humor. Quizá mañana.

—Eres un imbécil —contraatacó Fabiola—. Ni ahora ni mañana… ni nunca —se acomodó el cabello, verificó que su maquillaje estuviera bien—. Mañana te quiero acá a primera hora, hay mucho trabajo por hacer —avisó antes de salir, cerrando la puerta tranquilamente detrás de ella.

Mientras tanto, Francisco le entregaba a Fabio un paquete de fotografías impresas, un par de USB, una cámara digital, un paquete de mensajería, algunos discos y el video de una cámara de seguridad.

—¿Seguro que es todo? —indagó Fabio.

—Completamente. También vacié la memoria de la computadora que tenía en su casa, por las dudas, y por lo visto no mandó nada por internet, por lo menos no desde que usted me avisó. Tampoco hizo comentarios por ninguno de sus teléfonos, mientras estuvieron interferidos.

Fabio revisó concienzudamente el material que se encontraba sobre su escritorio. Satisfecho, ya que una vez más las habilidades especiales de Francisco, ligadas a su carencia de prejuicios, lo sacaban de una bronca, aunque ésta se trataba de la mayor de todas, hasta el momento. Fue él, Francisco, quien gracias a los contactos de la agencia y a su gran don de convencimiento, recuperó el paquete que iba destinado a su esposa; fue él quien intervino los teléfonos de Mariana, sus correos electrónicos y la estuvo siguiendo por todas partes; al final, también fue quien se deshizo del cuerpo junto con todo rastro de evidencia, exceptuando un video que extrajo de la cámara de seguridad estratégicamente oculta en el departamento.

Fabio abrió el paquete que había sido enviado a su casa, contenía fotos de él cogiendo dentro de una camioneta, una USB y un CD; se puso de pie, las fotos las arrojó dentro de la trituradora de papel que tenía en la esquina, la USB y el disco compacto los rompió y arrojó al bote de basura. Después encendió la cámara digital y buscó la función que le permitiera ver las fotos almacenadas, al encontrarla pudo observar nuevamente las imágenes de él en la camioneta, las cuales borró de inmediato, una por una, tal y como iban apareciendo. Pudo ver también las fotos en las que aparecía Don Eusebio Gracilaza recibiendo las caricias orales de Mariana y las de Ismael; algunas ya las había visto, pero había otras donde se observaba el armamento completo de Mariana. Ninguna de esas borró.

La cámara, las memorias, las fotos, todo lo que a él no lo comprometiera, se quedaron dentro de su caja fuerte, junto con el video ya editado de la cámara de seguridad del departamento donde habían estado, en éste únicamente se podía ver el momento en que el candidato puntero a la alcaldía le disparaba, dos veces a Mariana. Cerró la caja y le dio las gracias a Francisco, informándole que el depósito ya se había realizado en su cuenta bancaria por la cantidad acordada. Le recordó también que antes de finalizar el mes espera la factura por los servicios de “consultoría estratégica” que les hizo favor de proporcionar. Francisco se va, Fabio se queda, embarrado en la silla ejecutiva detrás de su escritorio, a pesar de que realmente deseaba salir corriendo hasta quedarse sin fuerzas, gritando hasta desgañitarse la garganta.

Al cabo de un breve tiempo, que utilizó para poner en orden sus ideas, así como para sedar a su conciencia, decidió retirarse.

Al salir coincidió con Pilar en el elevador, quien llevaba en brazos una colorida planta que ostentaba un vistoso moño.

—¿Cansado? —preguntó ella, mientras esperaban a que el elevador llegara.

—Algo, fue un día difícil, en un trabajo difícil —respondió Fabio, tras dejar escapar un suspiro de fastidio.

—El sexo es fácil —comenta Pilar, tranquila.

Se abrió la puerta del elevador, ambos entraron.

—¿Tú crees eso? —la interroga Fabio, intrigado.

—Sí, sin duda, todo lo relacionado al sexo es fácil, natural, claro, si sólo se ve como eso, como sexo, sin sobrevalorarlo, tal como lo hacemos nosotros. Si tuviéramos que involucrarnos con los sentimientos, con el amor, ahí sí sería algo muy complicado.

—Pues quizá deberíamos meternos tantito en esos terrenos para hacer esto más emocionante —ironizó Fabio sin poder evitar que una falsa sonrisa se le dibujara en el rostro, pues sintió que se burlaba de él mismo.

—Mmm… no, eso ya no me gustaría.

Al salir del elevador Pilar se despidió de su jefe con una sonrisa, enseguida corrió al encuentro con su novio, que la esperaba frente a la puerta principal montado en una motocicleta Harley. Se besaron antes de que Pilar se sentara detrás de él, acomodaron la planta en una pequeña canastilla en la parte trasera, ella lo abrazó por la cintura y, al doblar la esquina, desaparecieron ante la mirada incrédula de Fabio Origüela, que en ese momento no supo definir qué clase de sentimiento lo arropaba.

 

*

 

—¡Qué bueno que llegaste! ¿Cómo te fue?

—Bien, muy bien, aunque vengo rendido. Estos seminarios de capacitación son extenuantes.

—Me imagino, ayer que te hablé en la tarde me dijeron que estabas en sesión y que saldrían ya tarde.

—Hoy en la mañana me dieron tu mensaje, fue cuando te hablé, pero mira… me dieron un reconocimiento, fui el mejor calificado de todos los asistentes.

—Felicidades… Esto hay que celebrarlo.

—Me parece muy buena idea.

 

*

 

 

Cuando Fabio llegó a su casa supuso que todos dormían. Comenzó a subir las escaleras, sigiloso, con la intención de llegar directamente al baño de su habitación para darse una ducha, a ver si así eliminaba toda la podredumbre que sentía embarrada en el cuerpo, pero a la mitad del camino escuchó:

—Buenas noches, ¿no me vas a saludar?

Fue entonces cuando Fabio descubrió a Brenda, sentada en la sala con una copa de vino en la mano, enfundada en una corta bata, que a él le encantaba, misma que dejaba ver gran parte de la anatomía de su esposa.

—¡Esto sí es una sorpresa!, ¿a qué se debe? —interrogó tan emocionado como desconfiado, al ir bajando las escaleras.

—Bueno, te compré un regalito y no me quería dormir sin dártelo —Brenda se recostó boca abajo sobre el sillón en el que estaba, subiéndose la bata hasta la cintura, dejando entrever una diminuta tanga que se perdía entre sus curvilíneas nalgas.

Las oportunamente lascivas intenciones de su esposa mejoraron de inmediato el ánimo de Fabio, quien prácticamente voló sobre los muebles para abrazarla.

—¿Y los niños? —preguntó él, con temor a que su duda rompiera el encanto del momento.

—Están durmiendo, así que no se te ocurra hacer tus ruidos raros cuando termines —Brenda comenzó a desabrochar la camisa de su marido—. ¿Recuerdas lo excitante que era hacerlo en casa de mis papás mientras ellos dormían? —por toda respuesta, Fabio la besó.

Se entregaron y poseyeron con avidez, como no lo habían hecho en meses.

Los dos coincidían, aunque ninguno lo expresaba abiertamente, en que el mejor momento para ambos siempre resultaba ser cuando, exhaustos, permanecían un largo tiempo abrazados, en silencio, besándose esporádicamente, mientras sus sudores se mezclaban.

Fue entonces que, como en varias ocasiones, Fabio sintió remordimiento por traicionar la confianza que su esposa le tenía. Pero, al igual que siempre, fue sólo por un rato, ya que casi de inmediato se justificó a sí mismo, repitiéndose mentalmente que no necesitaba amar a una mujer para tener sexo con ella, que muy por encima de eso amaba profundamente a Brenda, su esposa, su cómplice, la madre de sus hijos, su compañera, la mujer con quien pensaba compartir el resto de su vida, así como todos aquellos actos más íntimos que el sexo y más trascendentes que una cogida de antología. Entonces se convenció, tranquilizando así a su espíritu, de que indiscutiblemente sus últimos actos estaban plenamente justificados, ya que fueron para preservar todo aquello que él poseía en ese instante entre sus brazos.

Sin vestirse pusieron música a bajo volumen, Fabio vertió vino en las copas que Brenda ya había acercado con anterioridad, permanecieron un buen rato acostados en el sillón, frente a frente, con las piernas entrelazadas, platicando de todo y de nada, compartiendo.

—Invité a Manolo a comer este fin de semana —comentó Fabio mientras acariciaba uno de los pezones de Brenda.

—Dile que es muy mal primo; te ha estado sonsacando desde que llegó y no ha sido capaz de, por lo menos, hablarme para saludar —se quejó Brenda, antes de darle un gran trago a su vino.

—Ya lo conoces cómo es, estoy seguro que tiene muchas ganas de verte, pero supongo que anda ocupado.

—Alguna mujer, conociéndolo.

—Creo que se está cogiendo a una de las diseñadoras de la agencia.

—¡No pierde el tiempo! —glosó Brenda y de un largo trago vació su copa de vino—, así que yo tampoco pienso hacerlo —aseveró, antes de envestir a su marido con un beso cargado de tanta pasión… que parecía ser coraje. Comenzó también a masturbarlo, haciéndolo reaccionar nuevamente. A los pocos minutos se encontraban nuevamente cogiéndose uno al otro.

Fabio supuso que su tremenda necesidad de escupir todo el estrés contenido, junto con la bestia que habitaba dentro de él, que en esa ocasión dejó escapar sin miramiento alguno, fue lo que en ese momento, por primera vez, lo estimuló para cogerse a su esposa igual que a cualquiera de sus amantes. Le gustó, en extremo. Y se supo afortunado, al saberse el único hombre que podía disfrutar de esa mujer a la que estaba penetrando.

Brenda, por su parte, estaba plena y totalmente entregada a disfrutar de ese lapso de locura. Por primera vez tomó el control, sutilmente, se necesitaba muy poco para que Fabio hiciera lo que ella deseaba. Gozó, además del sexo, el sentirse y saberse dueña absoluta de la situación, ver cómo su marido creía, ingenuamente, controlar las riendas. Empero, cada vez que cerraba los ojos, cada vez que la pasión y el éxtasis alcanzaban sus máximos niveles orgásmicos, sus sentimientos y su mente se confabulaban para burlarse de ella, haciéndole creer que esas descargas de adrenalina eran provocadas por el hombre que era dueño de sus fantasías, de sus inspiraciones, de sus anhelos más escondidos. Pero abría los ojos y se daba cuenta que no, que no era él. Y aunque el momento era sumamente placentero, faltaba algo.

En ese instante entendió que el placer no se lo brindaba el sexo, sino su amante. Fue entonces cuando tuvo ganas de llorar, pero una vez más… se las tragó.

 

 

*

 

Manolo llevaba más de cinco minutos bajo el chorro de agua fría que salía de la regadera. Ni siquiera se había quitado la ropa, ya que la necesidad de aplacar la incesante retahíla de acusadoras imágenes que se le agolpaban en la mente, era mayor que cualquier acto de prudencia doméstica. Su cuerpo entero temblaba descontrolado, no de frío sino de desesperación, la cual también le provocaba un dolor indescriptible en el pecho, como si una mano invisible le estrujara con saña todo su interior. Comenzó a llorar, una vez más. Embalado por la culpa golpeó el azulejo del baño hasta que sus nudillos se reventaron.

Se sentó abrazando sus piernas. Así estuvo por bastante tiempo, hasta que el cuerpo entero se entumió, aunque no sucedió lo mismo con todos los sentimientos apretujados en el pecho. Cansado de llorar, de maldecir, de auto-recriminarse, salió del baño, ya desnudo. Su ropa quedó regada en el piso encharcado.

De manera automática, casi robótica, tomó el teléfono celular y, por centésima vez en los últimos días, escuchó nuevamente el mensaje guardado en el buzón de voz:

 

“Hola, sé que es una imprudencia dejarte este mensaje, pero si ya me he arriesgado tanto contigo, por qué no me voy a arriesgar a esto. Quiero, más bien, necesito, hacerte una confesión: tú fuiste mi primer amante cuando aún era una escuincla de calcetas y trenzas; fuiste el primero ahora que soy una mujer casada, pero no te conformas con eso, ahora te has convertido en el primer hombre que me ha obligado a masturbarme hasta el clímax. Sí, me obligaste, por no estar junto a mí cuando mi cuerpo exigía tu presencia. Espero ansiosa el próximo lunes, para verte, para complacerte, para volverme a sentir viva. Qué lástima que no contestaste, me hubiera gustado escucharte para completar este momento… ¡todavía me tiemblan las piernas! Bueno, tengo que colgar. ¡Ah! Sé que no te gusta que toque este tema, pero sería bueno que aceptaras ya formalmente el puesto que te ofrece Fabio, él sale mucho de viaje, tendríamos muchas oportunidades para vernos… No quiero que te vayas otra vez, te necesito como no tienes idea. Nos vemos pronto, bye… Brenda, tu incondicional de siempre... besos, muchos y por todas partes”.

 

Finalmente, Manolo borró el mensaje, aunque se arrepintió en el momento. Botó el celular sobre el sillón y se fue a su habitación, donde lo esperaba su más fiel conquista, aquella que difícilmente se decidía a dejarlo, aunque estuviera con alguien más: la soledad. Se recostó junto a ella, la abrazó con la poca fuerza que albergaba su cuerpo. Se fue quedando dormido poco a poco, sedado por los recuerdos y la añoranza de su aroma, de sus besos, del sabor de su piel. Estaba exhausto de fingir, de necesitarla tanto… De vivir de momentos y, sobrevivir sin ellos.

 

Y... CONTINUARÁ.

 

Fragmento de la novela Angels Inc. Prohibida su reproducción total o parcial. Número de registro: 03-2007-082412021500-01

 



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Una vez más…
Episodio 10. Siento más de lo que puedo confesar…
Episodio 9. Tranquila Desesperación…
Episodio 8. Simplemente… Sucedimos
Episodio 7. Afortunadamente, la vida no es justa…
Episodio 6. Salud… Por nuestros Secretos
Episodio 5. Primero se fue el aliento, después la ropa…
Episodio 4.Cuando un orgasmo se escapa…
Episodio 3.Esperando el impacto…


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