Episodio 8. Simplemente… Sucedimos
08 Octubre, 2018

*

 

 

Robbie Williams cantaba “Rock DJ” a todo volumen a pesar de ser las siete de la mañana, mientras Rivelino, recién salido de la ducha, emulaba los pasos del video, sólo que a la inversa: vistiéndose.

La rutina musical terminaba al sentarse a desayunar, pues en ese momento apagaba el estéreo para encender la televisión y ver el noticiero matutino.

Durante el plato de frutas no escuchó nada fuera de lo cotidiano: alza de precios, guerras, asaltos, campañas políticas, lo de siempre; pero durante el jugo de toronja la noticia al aire provocó que el jugo se le fuera a la nariz y que parte de éste llegara a la pantalla del televisor al escupirlo.

 

“Tras un lamentable accidente, el prestigiado abogado Ismael Salas fue encontrado sin vida a las afueras de su oficina. Según testigos, el otrora hombre fuerte en la campaña de Don Eusebio Gracilaza fue arrollado por un automóvil en el momento en que abandonaba sus oficinas, después de un arduo día de trabajo. Al parecer, el conductor, que pudiera haber estado bajo la influencia del alcohol o algún estupefaciente, se dio a la fuga sin dejar mayores pistas. Cabe señalar que, debido a la contaminación del clima electoral, han salido a relucir algunos comentarios y teorías que no descartan que se trate de un crimen premeditado, aunque por el momento son meras especulaciones. En este momento las autoridades están siguiendo las líneas correspondientes para dar con el o los responsables. Sin duda alguna, esto viene a afectar notablemente la campaña del que en vida fuera su suegro, y no sólo por el factor familiar, sino porque las elecciones se encuentran a la vuelta de la esquina y el equipo de campaña de Eusebio Gracilaza se ha quedado sin una de sus piezas claves en la recta final de esta reñida contienda. Aún no podemos comunicarnos con algún familiar, ni se ha emitido ningún mensaje oficial desde la sede de su partido. Los contrincantes políticos del candidato ya han externado sus condolencias, por lo que estamos en la espera de…”

 

Rivelino salió de su departamento dejando el televisor encendido, ni siquiera se lavó los dientes ni se acordó de ponerse el saco. Se había puesto muy nervioso con la inesperada noticia de la muerte de Ismael Salas, pues podría ser el detonante de una gran serie de fatalidades para la agencia; era la primera vez que un cliente públicamente reconocido fallecía. Era una situación muy diferente a cuando se murió Don Nemesio de un infarto, mientras tenía relaciones con su sobrina, en esa ocasión todo se arregló con dinero y bajo el agua, pero esta vez era diferente, muy diferente. Lo único que se le ocurrió en ese momento fue llegar cuanto antes a la oficina.

En el estéreo del coche trató de sintonizar algún noticiero, con la esperanza de escuchar algo más sobre el accidente. No tuvo suerte. Marcó varias veces el número de Fabio sin lograr comunicarse.

Atorado en el tráfico mañanero, mientras esperaba que la interminable fila de coches avanzara, sintió ganas de llorar.

 

*

 

 

Creo que la mayoría de los prejuicios que decoraban las paredes de mi ánimo se han caído, mejor dicho, me atreví a tirarlos en un ataque de valentía. Supongo que fue algo bueno, ya que me siento más dueña de mis actos, más libre, como si caminara con menos peso. Aunque no niego que de pronto no es tan fácil andar tan ligera, la culpa sigue acechando, la ignoro cuantas veces puedo, esperanzada en que llegará el momento en que se canse y deje de molestar.

Al terminar la clase de pilates, Rosario me advirtió que no lograría escapar, y así fue; en cuanto nos bañamos prácticamente fui secuestrada, sin violencia ni lujo, por mi hermana, con la firme intención de hacerme hablar.

Buscando privacidad decidimos no ir al restaurante de costumbre; nos refugiamos en una cafetería donde vendían unos pastelillos deliciosos, motivo por el cual la mayoría de nuestras compañeras del gimnasio la evitaban. Nos pareció excelente idea.

Ahí, rodeadas de tentaciones de todos sabores, le conté sobre mi debut en el campo de la infidelidad, reservándome algunos detalles. Al terminar mi relato, tras un breve silencio y un par de mordidas al pastel de chocolate, Rosario me confesó:

—Santiago es algo más que una aventura, es mi prótesis emocional, sé que no es real, es ajena a mí y a mi realidad, pero gracias a él puedo andar sin caerme —dio un lento sorbo a su café mientras yo me atragantaba con sus palabras y un trozo de pastel de limón—. Lo ideal sería sentirse tan completa con el hombre que compartes tu vida, que no necesitaras de nada más, pero para quienes no tenemos esa suerte, la búsqueda de un asidero sentimental se convierte en un acto primeramente inconsciente, pues sólo al encontrarlo te das cuenta de cuánto lo necesitabas.

Si mi hermana me hubiera dicho todo esto dos semanas atrás, lo más probable es que la hubiera juzgado injustamente. Ahora, que estoy en una trinchera diferente, veo todo desde una perspectiva distinta. No sé si en todos, pero en su caso, en mi caso, el adulterio no tiene nada que ver con la liviandad moral, genes, hormonas o nuestra lealtad marital. Es algo complejamente sencillo… Todos somos fieles, hasta que encuentras a la persona correcta.

—Me da gusto por ti y por mí también —me dijo Rosario—, ahora me siento mucho mejor al saber que no soy la única zorra en la familia —agregó, y ambas dejamos escapar una sardónica carcajada.

La simpática mesera nos volvió a servir café, en el mismo instante en que Adoración atravesaba la puerta de entrada al lugar.

 

*

 

 

Una calma hosca se instaló a pospelo en toda la agencia, como si se tratara de una espesa neblina invisible, provocando que todos los que ahí se encontraban se sintieran apretados, incómodos.

Rivelino continuaba bregando por salir a flote tras ser arrollado por un cauce de malos augurios y, tras el fallido intento por mostrar calma, decidió encerrarse en su oficina, tratando de evitar que su actitud continuara influyendo negativamente en el ánimo general.

Con la vista clavada en los pedazos de lo que antes fue una computadora, colocados irracionalmente uno sobre otro, unidos con tela adhesiva, fungiendo como adorno principal en el librero, Rivelino trataba de hacer una lista mental de posibles escenarios, anotando posibles soluciones. La lista dentro de su cabeza era infinita; en el papel frente a él había dos acciones escritas y tachadas.

Sabía que de tratarse de otro cliente menos reconocido, por no decir importante, lo más probable es que su muerte no habría ocasionado mayor problema, nadie hurgaría en su pasado o en sus secretos con el afán de encontrar con qué joder. En política era diferente, sobre todo en tiempos electorales, no dudaba que los contrincantes mandarían a mercenarios de corbata a buscar algo, cualquier cosa, ya no tanto para fregar a Ismael sino a su suegro. Un par de ellos vendería su alma al diablo con tal de tener en sus manos algo con lo que pudieran destruir la carrera de su rival y deshacer su eminente victoria, por lo que la historia de unos “ángeles guardianes” alcahuetes sería como encontrar un almacén de pólvora; sólo haría falta encender un pequeño cerillo para hacerlo explotar, sobre todo si descubrían que Don Eusebio también ocupaba sus servicios. Una desbandada de clientes sería el mejor escenario de todos, las cosas podrían ponerse feas y mucho.

Tocaron a su puerta, ordenó que entraran. Era su secretaria anunciando que Fabio había por fin, llegado.

 

 

*

 

 

—Señor Mortecinos, le informamos que su esposa acaba de salir de la estética y ha tomado camino rumbo a su casa.

—¡No frieguen! Se suponía que de ahí se iría a ver a su madre… ¿Cómo cuánto tiempo tengo?

—Calculamos unos quince minutos.

—¡Me lleva…! Si pueden hacer algo para que se demore un poco más se los agradecería.

—No se preocupe, lo haremos. Estamos para cuidarlo.

—Vístete, mi esposa viene en camino, tenemos muy poco tiempo.

 

 

*

 

 

No tienes por qué alterarte así, vamos a ocuparnos de evitar que la mierda salga a flote.

—¿Y cómo lo vamos a hacer?, si hemos estado cagando corchos —recriminó Rivelino, quien se alteró, aún más, al ver a Fabio reaccionar tan despreocupado ante el desventajoso panorama que tenían frente.

—Vas a tener que confiar en mí.

—Siempre lo he hecho, pero creo que te estás volviendo descuidado. Tenemos encima el hecho que te dispararon, la bronca de la mujer esa que te está chantajeando y ahora esto. ¡No podemos darnos el lujo de tomar las cosas a la ligera! Están en juego la vida de mucha gente. Además, te recuerdo que tenemos clientes que pueden hundirnos si lo quisieran, sobre todo uno.

—Lo sé, no tienes que recordármelo. Todo se va a resolver… hoy mismo. No puedo decirte cómo, pero necesito que te comportes a la altura del puesto que ocupas en esta agencia, que salgas de esta oficina calmado. Si te pones a esparcir tus miedos vas a infectar una herida que está a punto de sanar. Así que tranquilízate, si quieres tómate el día, mañana esto será historia, te lo prometo —concluyó Fabio.

Rivelino se puso de pie, dio media vuelta sobre sus pies, se encaminó a la puerta y, antes de abrirla, dijo:

—Sólo espero que no estés escupiendo al cielo —se retiró incómodo, molesto, por toda lo que ocurría, pero sobre todo porque Fabio no le tuvo la confianza suficiente como para comentarle sus planes.

Fabio había llegado tarde a la oficina, pero lo hizo enfundado en un optimismo prepotente, con el cual trataba de infundir confianza en toda la agencia. Aunque él sabía que la tranquilidad que presumía era similar a la de un condenado resignado a su futuro. No le comentó a Rivelino lo que había acordado hacer junto con Don Gracilaza, o mejor dicho, lo que Don Eusebio había decidido hacer, involucrándolo, debido a que dudó mucho que tuviera el temple de saberlo y poder vivir con esa carga cuando todo terminara; además, lo estimaba y no quería involucrarlo. Levantó el teléfono para pedirle de favor a su secretaria que localizara a Francisco y lo comunicara con él, al colgar tomó su móvil y marcó el número que le había dejado escrito Mariana en una perfumada tarjeta de color rosa.

 

 

*

 

 

Adoración llegó a sentarse sin invitación, interrumpiendo nuestra conversación e impregnando nuestro entorno con un aroma a sudor mezclado con perfume. Aunque se trataba de una compañera de gimnasio, siempre amable con nosotras, tratábamos de evitarla debido a su verborrea y a su afición por desperdigar chismes a diestra y siniestra, y por lo visto, venía encarrerada, pues sin preámbulo alguno nos escupió el que traía atorado encima:

—¡Brenda, Rosario! Qué bueno que las veo. ¿Qué creen?... el marido de Ingrid se enteró que ella se anda dando pasión con Jesús, nuestro instructor.

—¿Y cómo se enteró? —pregunté, simulando escaso interés.

—Pues fíjate que al parecer fue el mismo Jesús quien estuvo demasiado comunicativo; nuestro instructor resultó ser el hermano de un amigo de un compañero de tenis del marido de Ingrid. Por ese caminito llegó la presunción de sus aventuras a los oídos más inadecuados. Pero eso no es todo, cuando Natalia lo supo fue a buscar a Jesús y lo amenazó, porque… no sé si ustedes lo sepan, pero ella también se da sus buenos revolcones con él; el caso es que le dijo que si por cualquier motivo comentaba algo que la inmiscuyera se iba a encargar de pregonar por todo el gimnasio que tenía el pene más chico y escuálido que hubiera visto, que se venía en dos segundos y que era pésimo amante; que después de pisotear su reputación haría que lo corrieran y que, por lo menos en esta ciudad, no encontraría trabajo en ninguna parte; que chance ¡hasta se lo mandaba a cortar! Yo creo que Natalia se vio un poco exagerada, pero ojalá eso frene la boca de Jesús. Mira que me daría mucha pena que se fuera.

—Sería apenas lo justo, merecería más por hocicón —repuso Rosario, con más rigidez de la que el corazón realmente le exigía.

—¡Qué sé yo!, pero si le pusiera el cuerno a mi marido sería con otro casado, así los dos tendríamos mucho que perder, lo que garantizaría discreción por ambas partes, ¿o no? Sobre todo hay que andar con cuidado; los placeres tarde o temprano nos exigen su diezmo correspondiente.

En ese momento Rosario y yo intercambiamos una evidente mirada de complicidad. Según sabía yo, Santiago también era casado, mi hermana no lo sabía, pero estaba, teóricamente, en igualdad de circunstancias en ese aspecto.

—¿Pagar por nuestros pecados? —preguntó con ironía mi hermana, mientras se terminaba lo que quedaba del pastel de chocolate—, mejor vamos a comenzar a cobrar por ellos —dijo antes de limpiarse los labios con la servilla, mientras Adoración y yo soltábamos sincera carcajada.

 

 

*

 

Al llegar Manolo a la agencia percibió de inmediato la pesadez del ambiente. No preguntó, pues supuso correctamente el motivo por el que los ánimos parecían carcomidos. Rivelino pasó a su lado sin saludarlo, haciendo aspavientos con los que parecía espantar malos pensamientos de su cabeza con las manos, si hubiera alzado la vista podría haber evitado tropezar de frente con uno de los diseñadores que al parecer iba a mostrarle unas invitaciones. Rivelino como que quiso pero no dijo nada, reanudó su paso acelerado y se metió a su oficina azotando la puerta detrás de él.

Manolo ayudó al joven a recoger los diseños que se esparcieron por el piso, tarea a la que se unió Pilar agilizando el proceso.

—Tienes cara de desvelado —comentó ella, en cuanto el diseñador se marchó con su trabajo desorganizado.

—No dormí bien —confesó Manolo.

—Me lo imagino —sin decir más, Pilar se dirigió al departamento de arte, sin poder evitar que la mirada de Manolo se clavara en sus nalgas, que para gusto del observador, lucían exquisitas dentro del ajustado pantalón de mezclilla.

—Tenías que haber llegado hace un par de horas —el increpo de Fabiola arrancó a Manolo de su afable contemplación—. Necesitamos estructurar una estrategia para hoy en la tarde. Uno de nuestros clientes necesita justificar por lo menos tres horas después de su horario de trabajo. Te espero en cinco minutos en mi oficina.

—Voy a pasar a ver a Fabio antes, necesito hablar con él —anunció Manolo, impermeable a toda orden y reclamación por parte de la directora de cuentas.

—Bueno, está bien, te espero en mi oficina después de que lo veas —Fabiola se limitó a tratar de lucir magnánima en su supuesta condescendencia antes de dar media vuelta para perderse en uno de los pasillos.

Manolo entró a la oficina de su primo en el justo instante en que éste terminaba de hablar por teléfono con Francisco.

—¿En qué momento inicia la acción? —fue su saludo.

—En éste —respondió Fabio sin mucho ánimo—. Me acaban de confirmar que está todo listo.

—No se diga más. ¿En dónde y a qué hora?

—Gracias Manolo, pero… —Fabio se reacomodó en su asiento— cuando colgué el teléfono, después de contarte todo hace rato, me arrepentí de pedir tu ayuda. Ya lo pensé mejor: no quiero involucrarte en algo que puede terminar de la peor manera.

—Primo, con todo el respeto que me mereces, te digo que estás bien, pero bien estúpido si crees que te voy a dejar solo en esto. Estoy contigo, pase lo que pase —advirtió Manolo, imperativo.

Fabio se limitó a agradecerle embozando una sincera sonrisa.

—Entonces deja todas tus cosas personales en tu oficina: cartera, teléfono, reloj, llaves, todo lo que te ligue a ti. En el camino te explico todos los sórdidos detalles, a ver si no te rajas después de escucharlos.

—No me conoces bien.

—Es lo que veo.

 

 

*

 

 

Me siento atrapada en la montaña rusa de las emociones: por momentos me siento excelente, de pronto me siento molesta al extremo, después mi ánimo sube y veo todo de maravilla pero, sin aviso alguno, me precipito al pantano de los miedos y frustraciones.

Nunca me he considerado una persona madura, en el sentido de que creo que aún me falta aprender muchas cosas; es más, creo que nunca llegaremos a ese grado de maduración que en ocasiones se te exige socialmente, y ojalá no, pues el siguiente paso sería la putrefacción. Sin embargo, creo que el dejarse de engañar a uno mismo es un signo real de estabilidad emocional, sin que esto signifique que ya está todo hecho. Es sólo el primer paso.

El caso es que por momentos me siento confundida, a la deriva, como si fuera navegando en una noche nublada, sin estrellas, sin viento y, de repente, apagan el faro que me guiaba. Como dijo Rosario: creo que estoy en pleno proceso, no es sencillo. Por otro lado, he comenzado a engañar a mi marido de una forma diferente a la que antes lo hacía; ahora es física totalmente, pues mentalmente no es la primera vez, no lo digo por el tema sexual sino por muchos detalles, desde que me pregunta cómo me siento, al verme seria, ausente… y respondo que bien, que sólo estoy cansada, en vez de decirle… la verdad.

Una tiene que ser congruente consigo misma, por lo menos intentar serlo, bueno, eso creo, o quiero creer, para no sentirme mal. Pero suena lógico, no se puede dar lo que no se tiene, ¿Cómo puedo querer si no me quiero?, ¿cómo puedo hacer feliz si no lo soy? Por eso me pregunto: ¿Por qué me siento tan mal de pasarla tan bien?, ¿es acaso parte de la inevitable incongruencia que asola a la raza humana?, o quizá simplemente es algo que no he logrado decodificar en mi mundo interior. Y es que, ¿qué será peor, engañarse a una misma o engañar a nuestra pareja?

Me gustaría saberlo, ¡pero esta condenada educación moralista que me enjaretaron no me ayuda ni tantito!... Eso de aferrarse a la “moral” para intentar aplacar nuestros sentimientos, nuestros deseos, es como empecinarse en intentar detener el viento con una red: ¡una estupidez!

Hay quienes dicen que cuando dejas de buscar explicaciones todo lo ves claro. ¿Será cierto?... No lo sé, ¡y no sé por qué carajos me sigo preguntando a mí misma las cosas que yo misma ignoro!, ¡y por qué ando buscando respuestas que no existen!

No hay mayor explicación, simplemente… sucedimos.

 

CONTINUARÁ...

 

Fragmento de la novela Angels Inc. Prohibida su reproducción total o parcial. Número de registro: 03-2007-082412021500-01



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Una vez más…
Episodio 10. Siento más de lo que puedo confesar…
Episodio 9. Tranquila Desesperación…
Episodio 8. Simplemente… Sucedimos
Episodio 7. Afortunadamente, la vida no es justa…
Episodio 6. Salud… Por nuestros Secretos
Episodio 5. Primero se fue el aliento, después la ropa…
Episodio 4.Cuando un orgasmo se escapa…
Episodio 3.Esperando el impacto…


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