Episodio 7. Afortunadamente, la vida no es justa…
01 Octubre, 2018

*

 

Manolo aceptó la apuesta del cantinero, sin saber que la pelea de box que transmitían en ese momento era una repetición. En el segundo asalto supo que su elección había sido mala. El afroamericano de calzoncillos rojos ya no se levantó después del zurdazo que le propinó el pelirrojo tatuado de calzoncillos azules. Pidió otra cerveza y más botana.

Al irse su primo él prefirió quedarse un rato más, no tenía ninguna prisa, nadie lo esperaba en casa. Sin duda alguna ayudaría a Fabio, sin importar las consecuencias, que al parecer, éstas podrían ser muchas y nada agradables, pero se lo debía, eso y más. Pero por el momento necesitaba destapar la cañería emocional que constantemente se le constipaba a causa de tanto sentimiento revuelto; alejarse de todo, tratar de disfrutar de un breve remanso de paz, antes de meterse, deliberadamente, al ojo del huracán.

En los últimos años de su vida existieron momentos, muchos, como ese, en los que sentía que sentía demasiado. Momentos en los que, a pesar de todos sus intentos, no podía evitar que su mente escapara a su control para irse velozmente a donde su corazón se encontraba preso. Era una lucha tenaz, interminable, ya no recordaba lo que era sentirse tranquilo. El insomnio era una constante en su ritmo de vida, aunque no le quitaba el sueño el hecho de saber con quién compartía ella su lecho, sino el hecho de no saber quién le quitaba el sueño.

La ansiedad, la desesperación, la vulnerabilidad con la que tenía que vivir a diario, consecuencia lógica de esa ausencia en su pecho, era como traer una brasa ardiente, ahí mismo, donde en algún momento había existido un corazón jubiloso. Vio al barman quitar las migajas de la barra con una potente mini aspiradora de mano. En ese momento quiso pedirle que hiciera lo mismo con todos los recuerdos que tenía de ella, pero no lo hizo, sabía que eso no era posible, como tampoco era posible dejar de necesitarla tanto. Lo único, era resignarse a sentirse incompleto, acostumbrarse a ese dolor que de su pecho había hecho ya su guarida y perfeccionar la técnica de vivir en una constante y tranquila desesperación. Una lágrima intentó escaparse, para contenerla bastó con mirar al techo, respirar profundo y tragarse la angustia. Tenía experiencia haciendo eso.

Había decidido marcharse cuando su celular sonó. Manolo reconoció quién le hablaba, era una de las nuevas compañeras de trabajo. Contestó. Bastaron pocas palabras para ponerse de acuerdo con ella. Pagó la cuenta, su apuesta, se terminó la botana y dio media vuelta encaminándose a la salida.

En una mesa, al fondo del bar, una pareja de enamorados se besaba sin pudor alguno; los envidió, al igual que envidiaba a Fabio, mientras su inconsciente comenzó a considerar unos verdaderos idiotas a todos aquellos que le repetían que era un suertudo al poder llevar nuevamente, a su edad, la vida de Casanova que muchos soñaban disfrutar. No podía negar que el sexo amigo fuera gratificante, que la libertad que gozaba era en ocasiones un privilegio, pero… no era lo que se imaginaban. Si supieran que lo único que buscaba entre las piernas de sus conquistas era olvidarla, no volverían a sentir envidia.

Afuera hacía frío, lo que ayudó un poco a que la brasa ardiente de su pecho fuera un poco más soportable, por lo menos por un breve instante. Tuvo que esperar un rato a que pasara un taxi. Durante ese lapso, sin saber por qué, recordó a Patricia, su ex esposa, y una nostálgica sonrisa apareció en su rostro. Deseó que estuviera bien, que fuera feliz. Nunca le reclamó que se refugiara en los brazos de su masajista; al contrario, se sintió aliviado cuando ella misma le pidió el divorcio. Se lo dio sin chistar, nunca la había amado, sólo la utilizó para intentar escapar, pero no funcionó. Cuando por fin apareció un taxi, se subió de inmediato, dándole la dirección que su compañera de trabajo le había dictado por teléfono minutos antes.

 

 

*

 

 

 

—Buenas noches, señora. Venimos escoltando a su marido, pues nos tuvo que hacer el favor de acompañarnos al Ministerio Público, ya que fue testigo de un robo y tuvo que dar su declaración e identificar a los ladrones, entre cientos de fotos que tenemos archivadas.

—¡Entonces era cierto!

—Claro que sí, amorcito. ¿Acaso no me creíste cuando te hablé y te dije que por eso llegaría tan tarde?

—La verdad no. Perdóname amorcito, no vuelvo a dudar de ti.

—Gracias oficiales, se los agradezco.

—No se preocupe, estamos para cuidarlo.

 

 

 

 

*

 

 

Reinaba en su hogar el silencio al abrir la puerta. No era su costumbre llegar a esas horas, por lo que supuso que probablemente su esposa lo estaría esperando entre preocupada y enojada. Afortunadamente, no fue así. Fabio entró despacio, evitando hacer ruidos, sin encender las luces, con las manos por delante para no tropezar, mientras sus ojos se acostumbraban a la oscuridad. Rumbo a las escaleras se golpeó en la pantorrilla, no supo con qué, contuvo un grito, pero insultó en silencio, moviendo los labios y los brazos. Al subir, se dirigió a la recámara de sus hijos, dormían plácidamente, sin preocupación alguna. La idea de perder a su familia se había metido en su mente, como un virus maligno que se propagaba por todo el cuerpo devorando su tranquilidad. Se acercó a ellos para darle a cada uno un beso en la frente, al más pequeño, además de cobijarlo, lo acomodó nuevamente, pues estaba ya del otro lado de la cama a punto de caerse. Frente a ellos juró que, sin importar qué tuviera que hacer, ellos seguirían durmiendo así de tranquilos, sin pena ni preocupación alguna, por lo menos ninguna provocada por él.

Si algo lo motivó a crear la agencia de “ángeles” fue precisamente el creer que si no se podía detener el viento, lo ideal era construir molinos. Por desgracia, el molino que construyó estaba a punto de caerle encima.

Al entrar a su propia habitación se comenzó a desvestir, al mismo tiempo que contemplaba el perfil de su esposa que resaltaba de entre todas las sombras. Deseó poder hablar con ella, explicarle todo lo que sucedía, pero sabía que, si lo hacía, correría el riesgo de perderla.

Estaba consciente que había tenido mucha suerte en casarse con una mujer tan especial, aunque, en momentos como ese, llegaba a pensar que quizá no la merecía. Se acostó a su lado afanándose en no despertarla. Por un buen rato se quedó inmóvil, sólo viéndola, escuchando su respiración, aspirando su perfume.

—Te amo —le susurró al oído.

La abrazó, quedándose dormido casi de inmediato.

 

 

 

*

 

 

 

Ismael Salas aún permanecía en su despacho a pesar de haber transcurrido ya varias horas desde que todos sus colegas se habían marchado. Desaliñado, turbado, su porte distintivo parecía haberse ido junto con todos los demás.

De pronto había tomado la decisión de destapar la botella de Jack Daniel´s que tenía guardada en un sitio privilegiado de la cava de su despacho. Era una botella especial, ya que cuando la compró, un año atrás, le hizo la promesa a su suegro de abrirla hasta que tomara posesión como alcalde; brindarían juntos por el éxito. Empero, muy por afuera de sus planes, se había adelantado otro acontecimiento que bien ameritaba abrirla, aunque sólo fuera él quien tomara de ella.

Con parsimonia, derrochando el tiempo, se sirvió un vaso pletórico, sin hielo. El color ámbar, la fragancia elegante, armónica, fina, fueron detalles que en esa ocasión pasó por alto sin importarle en lo más mínimo. Se bebió por completo el contenido en un solo y largo trago, de pie, sin saborearlo; ligeramente dulce al principio, ligeramente seco al final, como le gustaba, a pesar de eso, fue el trago más amargo de su vida.

Llenó nuevamente el vaso hasta el tope, con la vista clavada en la pared tapizada de fotografías familiares. Después, sentado en su mullido sillón de piel, contemplando la docena de portarretratos acomodados sobre uno de los muebles, donde aparecía con personalidades ligadas a su profesión que, de una manera u otra, lo estaban ayudando a impulsar su carrera. En el centro, en un lugar destacado, una foto de él con su suegro, cuando daba inicio la campaña electoral. Tendría un futuro prometedor, sin duda alguna, si todavía tuviera uno.

Se terminó la bebida nuevamente de un solo golpe y estrelló el vaso contra su título de abogado, colgado en la pared. Se puso de pie, se acomodó el traje y se aseguró de que la carta recién escrita y firmada con su puño y letra se encontrara en el lugar correcto.

Observó con detenimiento cientos de imágenes atiborradas en su mente; tenía tantas cosas qué decir que sólo pudo quedarse callado.

Acto seguido: dio tres grandes zancadas tomando impulso, se aventó por la ventana, la que daba a la avenida principal, conteniendo el aire para evitar que un grito lastimero se escapara de su garganta.

Esto no hubiera tenido mayor trascendencia si su despacho no estuviera ubicado en el doceavo piso.

 

 

*

 

 

Súbitamente abrí los ojos con la sensación de ser observada, pero no había nadie en mi cuarto, no tenía por qué haberlo; bueno, únicamente mi marido, acostado a mi lado, que se asemejaba más a un cadáver que a un hombre dormido. No daba señal alguna de vida. Volví a colocar mi cabeza en la almohada, pero continué intranquila, ansiosa, como si me hubiera acostado dejando algún pendiente importante sin resolver, hasta llegué a pensar que podría tratarse de mi conciencia, que andaba por ahí agazapada en algún rincón sin atreverse a salir por miedo a que me deshiciera de ella al igual que lo hice con el sentimiento de culpa. Era media noche, según el reloj despertador. Pasaron quince minutos antes de decidir levantarme e irme a encerrar al baño para fumar, con la esperanza de que el humo pudiera espantar la repentina ansiedad que no me dejaba conciliar el sueño.

Al terminar el cigarrillo arrojé la colilla al escusado y tiré de la cadena. La molesta sensación había menguado ligeramente, pero continuaba sintiéndome a la deriva, sin encontrar dónde desembarcar. De pronto, un posible puerto apareció a la vista de mi mente: de arriba del clóset de blancos saqué a Ramiro, el lubricante y varias toallas. Coloqué las toallas en el piso, me acosté sobre ellas, me quité los calzones, lascivamente puse a funcionar los engranajes de mi imaginación. A los dos minutos ya estaba masturbándome, primero con un dedo, luego con dos; continué con Ramiro, que en esa ocasión no cubrí de lubricante; no hizo falta, estaba suficientemente húmeda, tanto que hasta el baño se impregnó de mi aroma… podía olerlo, eso me excitó aún más. De pronto estaba mordiendo una toalla tratando de retener los gemidos y gritos que desesperadamente intentaban escaparse. No sé cuánto tiempo pasó, pero pasó. Cuando me corrí, me contorsioné por todo el piso como si me estuviera dando un ataque, para terminar en posición fetal, abrazando las tollas y a Ramiro.

Tras arreglar el desorden provocado por mi ejercicio de relajación, salí del baño a hurtadillas, me cercioré de que mi marido no se hubiera despertado, saqué de mi bolso mi teléfono y regresé a encerrarme nuevamente al baño.

Marqué el número de su celular, me contestó una grabación con su voz. Iba a colgar, pero, sin pensarlo, guiada por el frenesí del momento, le dejé un mensaje, o mejor dicho, una confesión.

Al regresar a la cama me sentía ligera, alegremente agotada, y sin darme cuenta en qué momento, me quedé profundamente dormida.

 

 

 

*

 

Hasta que su celular cayó al piso, después de vibrar por todo el buró, se dio cuenta que le hablaban. Más dormido que despierto lo buscó a tientas por el piso, cuando lo encontró continuaba vibrando. Respondió de malas, sin fijarse de quién se trataba. Al oír la voz lo supo de inmediato; como si le hubiera estallado un cohete en el culo, Fabio se puso de pie, casi en firmes, a una velocidad nunca antes desarrollada.

Escuchó atentamente, se dirigió a la ventana, miró cautelosamente abriendo ligeramente las persianas para constatar que, efectivamente, lo esperaban en la puerta de su casa.

Antes de apagar el teléfono se fijó en la hora; eran las cuatro de la madrugada. Su esposa dormía profundamente, así que se vistió con sigilo, sin encender la luz, tratando de hacer lo menos posible de ruido. Se olvidó de los calcetines, y la chamarra se la puso al revés.

Al ir bajando las escaleras fue golpeado por un repentino exceso de calor que le perló la frente, humedeció las manos y acentuó el nerviosismo, al mismo tiempo que un sinfín de preguntas cobraban vida en su cabeza, amontonándose todas, una sobre la otra.

En cuanto abrió la puerta, el frío embate de la madrugada golpeó su rostro. De inmediato vio la Suburban negra aparcada justo enfrente, y a Félix abriendo la puerta de la camioneta. Sin preguntar, aunque quería hacerlo, se subió con recelo. Adentro uno de los asientos estaba invertido, de tal manera que los pasajeros podían viajar viéndose de frente. Félix se sentó a su lado, sin decir palabra. La camioneta avanzó en silencio, despacio. Don Eusebio Gracilaza estaba justo enfrente, enfundado en un pants gris Everlast, con huellas de almohada en su cabellera, por lo que supuso que él también había abandonado la cama para verlo.

—Tenemos un problema —fue el saludo del candidato.

“¡¿Sólo uno?!”, quiso decir Fabio, pero, por obvias razones, se contuvo de ironizar abiertamente en ese momento.

—Mi yerno acaba de suicidarse —informó Don Eusebio, visiblemente preocupado.

—¡¿Ismael, Ismael Salas se suicidó?!

—Sí, y el muy imbécil decidió hacerlo arrojándose por la ventana. Hubiera sido más fácil maquillar la situación si lo hubiera hecho de una manera discreta.

—¡¿Pero, por qué lo hizo?!

—No tuvo la delicadeza de informarme de sus motivos antes de aventarse, pero supongo que fue por conveniencia, ya que si no lo hacía él, yo mismo le hubiera metido un balazo… aunque hubiese vivido un poco más. Yo me hubiera esperado a que pasaran las votaciones para hacerlo —Don Eusebio abrió un compartimento a su costado para extraer un puro. De inmediato Félix le ofreció fuego con un encendedor que sacó de algún lugar de la manga como si se tratara de un truco de magia. Con un ademán el candidato le ofreció uno de los Cohiba a Fabio, pero éste se negó de forma similar.

Por un breve instante ambos se hundieron en un mutismo expectante. Fabio recordó la llamada de Ismael, la disculpa que le pidió. El rompecabezas iba tomando forma ante sus ojos, no le gustaba lo que comenzaba a vislumbrar.

—Fue por algo relacionado con Mariana, ¿verdad?

Don Eusebio sacó el humo por la nariz, parecía la caricatura de un toro encabronado cuando preguntó:

—¿Qué sabe usted de Mariana?, además de que fue ella la causa por la que los contraté.

—Estuvo en mi oficina y…

—¿Y…?

—Me mostró unas fotografías, unas de su yerno y otras… de usted.

—¡Maldita sea! Por lo visto ya lo tenía planeado —masculló Gracilaza entre dientes, al unísono se llevaba una mano a la sien, como si de repente le hubiera dado dolor de cabeza—. ¿Qué se ve en esas fotos?

—Pues a Ismael, con ella.

—¿Cogiendo?

—Entre otras cosas.

—¿Y qué más?

—A usted, le están practicando una felación.

—¡¿Qué mamada es eso?!

—Eso precisamente… Una mamada.

—¿Y qué más se llega a ver en esas fotos?

—Nada más, ¡¿qué más quería que se viera?!

—Nada, nada… ¿Y qué carajos hizo?, ¿dónde están esas fotos?

—Sólo tengo unas copias, en la oficina. Está tratando de chantajearme con ellas.

—¿Cuánto quiere?

—Mucho.

—Piensa dárselo.

—No.

—¿Por qué?

—Porque si caigo una vez en su chantaje me predispongo a seguir cayendo cuantas veces quiera ella.

—Eso es lo más cuerdo que he escuchado esta noche. Entonces, ¿cómo piensa salir de esto?

Para ese entonces Fabio podía verse a sí mismo como una rata de laboratorio dentro de un laberinto de cristal, a la vista maquiavélica del científico loco que lo colocó en ese sitio esperando a ver si era capaz de encontrar la salida.

—Ya comenzamos a tomar precauciones, tengo a gente trabajando en eso —mintió.

—¡Ya comenzó! —repitió con sorna Don Eusebio—. Mi abuelo siempre dijo que los lujos, las mujeres malas y las pendejadas… salían caras —el candidato aplastó lo que quedaba del puro contra la superficie plateada del cenicero que sobresalía del respaldo del asiento—. Mi yerno se aventó de hocico porque Mariana fue a su casa, le contó todo a mi hija y tuvo el descaro de entregarle unas fotos. Vine a buscarlo pues, como se imaginará, comenzarán las especulaciones e investigaciones y no quiero que mi relación con esa mujer ni con ustedes salga a flote, pero por lo que me dice creo que hay que tomar medidas más drásticas de las que supuse en un principio —el candidato respiró hondo, como si tratara de insuflar su porte, que por momentos parecía menguar—. He hecho algunas llamadas, voy a tratar de cubrir tanto como me sea posible las estupideces de Ismael, pero necesitamos detener a esta mujer de manera contundente, lo más pronto posible, mañana mismo, a primera hora. Tengo ya un plan de contingencia para estos casos, y le confieso que me desilusiona que ustedes no estén preparados para algo semejante. Usted va a tener que involucrarse cuanto sea necesario. Ahora es cuando va a demostrar qué tan comprometido está.

—Cuente conmigo. Estoy igual de interesado que usted en proteger los intereses de mis clientes y evitar que esa mujer nos cause más problemas.

—No soy un santo, me conviene vender esa idea, pero estoy muy lejos de serlo. Tengo errores como cualquier hombre, solamente que en este momento no estoy dispuesto a aceptar las consecuencias de ellos. Si algo he aprendido en esta carrera es que la vida no te da lo que mereces, sino lo que estás dispuesto a exigirle y, en dado caso, arrebatarle. Y le voy a arrebatar mi desquite contra esa… mujer.

Casi una hora más tarde la Suburban negra se detenía nuevamente frente a la casa de Fabio, esta vez para que se bajara. Apenas puso los pies en el suelo, la camioneta se puso en marcha discretamente.

Faltaba poco para que amaneciera. Hacía frío, aún así, durante un tiempo breve pero indeterminado, Fabio se quedó de pie frente a la puerta de su casa, inmóvil, mientras toda la información que acababa de recibir era procesada lentamente por su cerebro, que parecía regirse bajo un uso horario diferente al que regía al resto de su cuerpo. Volteó hacia atrás, reaccionando tardíamente a la partida de Don Eusebio.

Al ver que no había nadie por fin decidió entrar, en ese momento se dio cuenta que no llevaba llaves. Se sentó bajo el umbral de la entrada, pensando que quizá él, más que nadie, merecía todo lo que le estaba pasando; que todo explotara en su cara posiblemente sería justo, por lo menos así lo verían todas las esposas de sus clientes, incluyendo también a la suya, pero, al igual que Don Eusebio, no pensaba aceptarlo.

Al fin de cuentas, por lo visto, la vida no era tan justa como muchos predicaban. Afortunadamente.

 

CONTINUARÁ...

 

Fragmento de la novela Angels Inc. Prohibida su reproducción total o parcial. Número de registro: 03-2007-082412021500-01



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Una vez más…
Episodio 10. Siento más de lo que puedo confesar…
Episodio 9. Tranquila Desesperación…
Episodio 8. Simplemente… Sucedimos
Episodio 7. Afortunadamente, la vida no es justa…
Episodio 6. Salud… Por nuestros Secretos
Episodio 5. Primero se fue el aliento, después la ropa…
Episodio 4.Cuando un orgasmo se escapa…
Episodio 3.Esperando el impacto…


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