Episodio 6. Salud… Por nuestros Secretos
24 Septiembre, 2018

*

 

No era extraño que ocasionalmente llegara alguien a la agencia solicitando algún servicio ligado a la publicidad, al fin de cuentas, la fachada de la agencia ostentaba un vistoso anuncio en letras de aluminio pulido, en el cual se podía leer:  Angels Inc.

Cuando eso sucedía siempre se bateaba al interesado, desde la misma recepción, de la manera más convincentemente posible, utilizando alguno de los argumentos previamente diseñados para cada tipo de solicitud. Pero ese día, en un incidente fuera de lo normalmente esperado, una mujer irrumpió en el corazón de la agencia; lo hizo ufana, soberbia, desafiante ante las miradas escrutadoras de todos los que ahí laboraban. Alberto, que en esa ocasión le había tocado estar en la recepción, caminaba preocupadamente detrás de la despampanante rubia, esgrimiendo una inútil retahíla de motivos por los cuales no se podía pasar.

—Busco a Fabio Origüela —anunció la rubia, desparramando seguridad al detenerse frente a Pilar, quien ante lo inverosímil de la situación, optó por capotear la responsabilidad dejando que ésta arrollara a Rivelino, que en ese momento aparecía en escena.

—¿Quién lo busca? —preguntó Rivelino, al no saber qué más hacer.

—Mariana —respondió la rubia.

—Lamento decirle que el licenciado Origüela no se encuentra en estos momentos, señorita —anunció, ceremonioso.

—Por favor, dígale que acabo de llegar —pidió Mariana, imperativamente, como si no hubiera escuchado—, me está esperando —afirmó, mientras acomodaba su cabello y se quitaba las gafas oscuras. Al mismo tiempo, Alberto y otros dos varones clavaban, no muy disimuladamente, su mirada en el sensual y generoso trasero de la visita.

—Nalgas vemos… corazones no sabemos —comentó uno de ellos, antes de dirigirse a su cubículo.

Por un momento Rivelino no supo cómo proceder, al inicio supuso que se trataba de un mal entendido; no creía posible que Fabio pasara por alto uno de los más estrictos candados de seguridad impuestos en la agencia (nada de visitas ajenas), pero ante tal desparrame de seguridad, dudó. En un par de segundos se trasladó a la oficina del director general para informarle lo que sucedía. En un santiamén pasó de la incredulidad a la perplejidad, en cuanto Fabio le pidió que la hiciera pasar a su oficina.

 

 

*

 

 

Frené de golpe, agarrando fuertemente el volante, cuando estuve a cinco centímetros de atropellar a un ciclista que jamás vi hasta que lo tuve casi encima, todo a causa de un espasmo que me agarró desprevenida, seguido por un fino escalofrío que recorrió toda mi espalda. Era el tercer déjà vu orgásmico desde que salí del hotel, consecuencia, tal vez, por mi incapacidad de evitar traer a mi mente todo lo que había gozado. ¡¿Y cómo lograrlo?!, cuando todas las sensaciones hacían eco en mi cuerpo, cuando mis pezones adoloridos palpitaban recordando su boca, cuando mi entrepierna se humedecía con las tibias lágrimas del reciente recuerdo de sus salvajes y plácidas embestidas. ¿Cómo?

Es realmente un regalo divino cuando llegas a sentir que te estorba la ropa, pues es demasiado espacio entre los cuerpos; cuando te atreves, sin pudor alguno, a quitarle el bozal a la lujuria para que ésta deshaga a mordidas la dolorosa madeja de sentimientos incrustada en tu pecho.

Me estacioné frente a la escuela de mis hijos para esperarlos. En lo que salían encendí un cigarrillo, de los que por fin yo misma compré. El cigarro, él… mis vicios regresan.

Las mamás de los compañeros de mis niños me saludaban apenas me veían, entonces me percaté que estaba sufriendo las mismas sensaciones de cuando me desvirginaron en el primer semestre de la universidad. Sentía que llevaba escrito en la cara “lo hice, lo hice”. En aquel tiempo creí que todos iban a darse cuenta con tan sólo mirarme a los ojos. Me sentía igual, y en parte era igual, acababa de perder mi virginidad extramarital. Me imaginaba a todas rumbo a sus casas muriéndose de ganas por escupir a los cuatro vientos que habían descubierto mi liviandad moral, que se me notaba en la cara, en la sonrisa que no podía ocultar al saludarlas.

Cuando vi a mis hijos corriendo hacia mí aventé el cigarrillo por la ventana. Bajé todos los cristales de la camioneta antes de meterme a la boca dos pastillas de menta. Se subieron cargados de algarabía, como siempre, comentándome, uno, sobre el par de goles que había metido durante el recreo; otro, sobre la niña que le gustaba y que ese día le había dado un beso en la mejilla; el tercero, sobre el raspón en su rodilla. Los tres lo hacían al mismo tiempo. Me dio mucho gusto verlos, pero de pronto un alud de remordimientos se me vino encima, me sentí mala madre al imaginarme qué pensarían de mí si lo supieran, o si algún día llegaran a saber que había engañado a su padre. Traté de no pensar en eso, me hacía daño, así que, egoístamente me puse a disfrutar un poco más de mi aventura mientras manejaba, reviviendo mentalmente cómo aquel hombre me había cogido como a una puta, haciéndome sentir como una dama. ¡Qué rico!

—Mamá, ¡huele a cigarro!

 

*

 

 

Mariana se paseaba por la oficina con la mayor naturalidad, como si estuviera en su territorio. Fabio permanecía en silencio, sentado detrás de su escritorio, recargado en su silla hasta el tope, con los dedos de las manos entrecruzados sobre el abdomen, evidenciando su actitud defensiva ante una situación totalmente desfavorecedora para él debido a la carencia de información. En contraste, la mujer que mostraba tanto interés en las fotografías sobre el librero parecía tener demasiada y muy valiosa, misma que le brindaba una irreverente confianza que ostentaba con orgullo. Fabio la observaba con recelo, desconfiado, como si estudiando sus movimientos pudiera descubrir sus intenciones, aunque por lapsos su atención se concentraba en sus nalgas, en sus piernas, en el pronunciado escote y en la ligera vulgaridad de personalidad que, para el gusto del Ángel mayor, hacia resaltar su exuberante sensualidad.

—Tienes una bonita familia —afirmó Mariana, contemplando una fotografía donde aparecía Fabio con esposa e hijos, todos encaramados en una pequeña embarcación.

—¿Cómo supo usted de nosotros? —cuestionó Fabio, esquivando el comentario, marcando su distancia al hablarle en tercera persona aunque ella lo tuteara.

La rubia sonrió, se sentó en la silla frente al escritorio, sin prisa alguna cruzó las piernas; si no fuera por el perfume que le servía de camuflaje, su encono hubiera sido fácilmente olfateado. De soslayo observó la tarjeta rosada sobre el escritorio reconociéndola enseguida; no pudo evitar sonreír.

—Has de tener muchas preguntas quemándote la lengua, guapo —aseguró ella.

Fabio sentía tener arena en vez de saliva, así que dio un largo trago de la botella de agua que acababa de destapar, antes de preguntar:

—¿Qué quiere?

—Dinero —respondió Mariana con la misma crudeza.

—Bueno, todos queremos dinero —comentó Fabio, ironizando, tratando, sin mucho éxito, de escucharse gracioso.

—Estoy de acuerdo, sólo que gran parte de todo el dinero que yo quiero, me lo vas a dar tú, galán.

—¡Ah sí! ¿Y por qué yo? —Fabio se reacomodó en su silla, de pronto se sentía muy incómodo.

—Sería un intercambio de beneficios, tú me das lo que yo quiero, a cambio yo te doy lo que tú quieres.

—¿Y qué es lo que yo quiero?

Por toda respuesta, Mariana sacó un paquete de fotografías que llevaba en el bolso de mano, colocándolas a la vista de su interlocutor sobre el escritorio.

Como si fuera un insecto, en ese momento se sentía así, Fabio estaba seguro que miraba una enorme lata de insecticida apuntándole a la cara.

 

 

*

 

No escuché cuando la encargada de la tintorería me pidió el ticket para entregarme los trajes de mi marido. Fue hasta que otra clienta, muy impaciente, me hizo saber que únicamente estaba yo ahí parada como estatua viviente, perdida en mi propio mundo. Entregué el mentado ticket, tras revolver todo el contenido de mi bolsa buscándolo.

Traigo atorado en el pecho un batido de sensaciones que no logro digerir. Ando como aletargada, como si una parte de mi alma se hubiera quedado atrapada en ese momento, como si otra anduviera revoloteando en el limbo emocional, y como si la que se quedó dentro de mi cuerpo estuviera sedada, apendejada por una sobredosis pasional. Y es que todas tenemos algún rincón inexplorado, tanto en el cuerpo como en el alma; cuando alguien logra descubrirlo, a sabiendas que halló algo sagrado, protegiéndolo como algo invaluable, ese alguien se queda ahí, en ese rincón… por siempre.

Mientras esperaba, un suspiro se me escapó cuando recordé el ataque de risa que me dio después de recuperarme del orgasmo que me provocó, el primero múltiple compulsivo en mi vida, grité como desquiciada, pero lo peor fue cuando me puse a llorar. Entonces él me abrazó, me besó, sin decir nada. No necesitaba hacerlo.

Pensé que me gustaría saber si él estaba pensando en mí, igual que yo en él. Entonces me imaginé por un momento que sí, pero al siguiente instante supuse que no, que no lo hacía. No sólo eso, di por hecho que podría estar con otra, probablemente más joven, una chavita con las hormonas en fiesta, libre de compromisos, libre para quedarse a su lado todo el día, toda la noche. Comencé a molestarme, a ¡sentirme estúpida! Traté de rechazar de inmediato esa sensación junto con el pensamiento que la generaba, sin mucho éxito.

Una vez más la clienta impaciente, que esperaba detrás de mí, tuvo que regresarme a este mundo. La ropa de mi marido ya estaba frente a mí. Pagué, tomé los trajes y salí del comercio sin esperar mi vuelto; dejé pasar de largo la mirada desaprobatoria que me lanzó la impaciente mujer.

Sé que no soy la única en su vida ni lo seré, no puedo serlo. Ojalá lo fuera. También estoy consciente de que es ridículo comenzar a sentir celos por las amantes de mi amante, pero en realidad no son celos, es pura y vil envidia hacia ella o ellas. Envidia de su libertad de tiempo, de su libertad de acción, de la libertad que tienen de amar y gozar a quien deseen; envidia por una libertad que yo perdí hace ya algunos años.

En este momento, se me antoja ser viento…

 

 

*

 

Fabio parecía querer romper, con el poder de su mirada, la botella de cerveza que tenía enfrente, pero en realidad únicamente trataba de darle un orden a sus ideas y acomodar sus miedos en algún lugar para poder pensar coherentemente. Mientras tanto, Manolo observaba detenidamente varias fotografías dignas de una revista pornográfica de baja calidad. 

—¿Dices que ella misma las tomó? —indagó Manolo.

—Eso dijo —respondió Fabio sin convicción, alzando los hombros.

La mitad de las fotografías mostraban a Ismael Salas desnudo, en posiciones sugerentes y comprometedoras junto con Mariana, aunque ella no aparecía desnuda ni tampoco siempre de rubia, como se presentó en la oficina de Fabio, también lucía pelirroja, trigueña, a veces con el cabello corto a veces largo, pero siempre muy participativa de la euforia de su acompañante; en otras fotos simplemente estaban juntos, abrazándose, sonriendo, besándose, de viaje, contentos, ¡hasta parecían una muy bonita y sólida pareja! Otras cuantas fotografías, las menos, eran de Don Eusebio semidesnudo, besando en la boca a Mariana, él con las manos sobre el pecho de ella, ella con una de las manos en el miembro de él. En otras Don Eusebio ya estaba desnudo, al pie de una tina de baño, mientras ella le practicaba sexo oral al candidato. Todas éstas habían sido tomadas desde un mismo ángulo. Manolo pensó en una cámara automática programable o en un tercer involucrado, cosa improbable. El resto de las fotografías mostraban a su primo haciendo alarde de contorsionismo sexual dentro de una camioneta, con una mujer a la que desconocía.

—¿Quién es ella, la de la camioneta?

—Paola… La conocí en el gym.

—¿Es algo serio?

—No, puro sexo… he intentado dejar de verla, pero, coge como una puta cara… delicioso —Fabio se terminó de golpe la cerveza y pidió otra.

—Razón más que suficiente —se mofó Manolo.

En ese instante comenzaron a transmitir un comercial en las televisiones del bar, durante el intermedio del partido, mismo que por treinta segundos atrajo por completo las miradas de los primos. Era sobre el candidato a la alcaldía, Don Eusebio Gracilaza, mencionando parte de sus propuestas, hablando de su honestidad. Casi al final, un niño de clase humilde se acerca, lo abraza, el candidato lo carga, entonces hacen un close up al rostro del infante y éste, con gran enjundia, repite el slogan de campaña para los espectadores: “Porque él es un Hombre de Bien”.

—Tienes un gran problema —aseguró Manolo.

—Lo sé, lo sé, pero no pienso ceder a ningún chantaje.

—¿Qué piensas hacer?

—Lo que sea necesario.

—¿Estás seguro? Mira que hay líneas que a veces es mejor no cruzar —advirtió Manolo, sabiendo de antemano que de nada serviría.

—Para ti esto ha de parecer más fácil porque no estás casado, no tienes hijos. Si los tuvieras, sabrías que por ellos eres capaz de… —hizo una pausa, como arrepintiéndose de lo que iba a decir— cualquier cosa —apostilló, mientras execraba el no poder deshacerse de esa bestia que habitaba dentro de él, que en ocasiones despertaba hambrienta. En ese momento, más que nunca, deseó que su esposa fuera la única capaz de apaciguarla, pero ya lo había intentado sin resultado, era algo más fuerte que él.

Fabio no se dio cuenta, pero sus palabras hirieron a Manolo. A pesar de eso, sin mostrar su dolor, Manolo le dijo:

—Cuentas conmigo, para lo que sea… no estás solo.

—Gracias, ahora te necesito más que nunca.

Brindaron por brindar, sin decir alguna otra palabra, permaneciendo así por un buen rato, embalsamados con la amarga sensación de saber que las mentiras te pueden llevar muy lejos, pero ya no te dejan regresar.

 

 

*

 

 

¡No me acordé!, es noche de juego. Como cada quince días mi hermana, junto con su grupo de amigas, se reunían en casa de alguna de ellas para jugar cartas, chismear, fumar, tomar vino, hablar de hombres y devorar maridos. Todas las excusas que intenté venderle a mi hermana para, una vez más, no asistir, se me escaparon de la mano como si fueran una pastilla de jabón húmeda. A consecuencia de eso y al chantaje emocional de Rosario (pues esa noche su casa era el punto de encuentro), me encontraba ya instalada en la mesa con una suerte de la fregada. En el primer receso que vi una oportunidad para levantarme, lo hice. Le cedí mi lugar a Raquel, quien llegó tarde y deseosa por jugar. Entonces aproveché para irme al jardín a fumar.

Ahí estaba yo, columpiándome en los juegos de los niños, como hacía años no lo hacía, mientras mis pensamientos se avivaban al igual que lo hacía la brasa del cigarrillo que sostenía entre los labios cada vez que me impulsaba.

Creo que he comenzado a dejar atrás viejos miedos, al mismo tiempo estoy adoptando unos nuevos con los que espero aprender a lidiar. Y es que me asomé al paraíso y me gustó. Pero definitivamente es un lugar al que tendré que ir de visita, de vez en cuando para retomar fuerzas. No puedo vivir ahí, aunque quisiera.

Me fui temprano a casa, ni siquiera me despedí de las muchachas, sólo de mi hermana, quien me hizo prometerle que desayunaríamos juntas para que le contara todo a detalle. Era una promesa que difícilmente podría cumplir, no por el desayuno, eso era lo de menos, sino porque no sabía si podría realmente explicar todo lo que sentí, y aún sentía.

Es una verdadera lástima que las mejores historias sean las que, en ocasiones, no se puedan contar.

 

 

*

 

 

Con suma delicadeza y paciencia Mariana se despintaba frente al espejo. Antes se había quitado la peluca, que peinó en su base para dejarla en el vestidor junto con otra docena de peinados postizos listos para toda ocasión. Puso el algodón facial con restos de maquillaje en la mesa que tenía enfrente, para meterse a la boca un par de pastillas de menta que sacó de su bolso. Quería deshacerse del mal sabor de boca que siempre le aparecía después de cada coraje, ya que todavía destilaba hiel al recordar cuando Ismael Salas le dijo que no podrían seguirse viendo.

Ella deseaba que la esposa de Ismael se hubiera enterado de todo, que él mismo se hubiera armado de valor y confesado que estaba enamorado de otra, pero eso no sucedió, a pesar del sinfín de veces que se lo prometió.

—Esto podría ser una bomba en contra de mi suegro. ¡Imagínate si alguno de sus adversarios en la contienda política se llegara a enterar! No nos conviene, a nadie —dijo frente al espejo, en tono bobalicón, emulando las palabras con las que Ismael dio por terminada su relación—. Eres un “pocos huevos”, no me mereces. Lo único que me consuela es que estoy segura que en este momento te estás arrepintiendo de haberme dejado —aseguró, con ferocidad, a la imagen que tenía frente a ella.

La venganza dirigida a Fabio y al candidato puntero no era un acto deliberado, era una consecuencia. Por culpa de ellos se habían desencadenado todos los acontecimientos recientes que hicieron trizas la tan anhelada estabilidad emocional que Mariana buscó por tanto tiempo, y que creyó, por fin, haber encontrado en los brazos de Ismael Salas.

Siempre había detestado a los mentados “ángeles”. Sin ellos su relación con Ismael hubiera podido salir a la luz; habría sido un gran escándalo, sin duda alguna, pero al aplacarse las aguas, estaba segura que Ismael y ella terminarían juntos, sin necesidad de esconderse; quizá se hubieran cambiado de ciudad, eso era lo que querían, por lo menos ella sí. Siempre se sintió una estúpida al no lograr convencerlo de no seguir al pie de la letra las absurdas indicaciones que le daban para que se pudieran ver, pero se sintió muy bien cuando logró conseguir todo lo que necesitaba para hacer sufrir a su cabecilla. Le costó trabajo. Fue una penitencia seguirlo por varios días, hasta conseguir lo que deseaba, aunque tuvo que presionar un poco.

Don Eusebio era el peor de los tres, según ella, por lo que se congraciaba al saber que lo tenía bien agarrado de donde más le podía doler. Él había sido el más fácil, solito fabricó su propia trampa.

Su desdicha, el desprecio sufrido, tenían un precio elevado y pensaba pasarles la factura a todos los culpables.

—Soy demasiada mujer para ellos… Tendrán que aprender que no deben encender un Ferrari si no lo saben manejar —dictaminó para sí misma en cuanto terminó de desmaquillarse.

 

 

*

 

 

—Mira, mujer, ellos son los cuates de la oficina de los que te he estado hablando.

—Buenas noches, señora. El partido es mañana temprano, por eso tenemos que irnos hoy en la noche para estar ahí a primera hora y conseguir buen lugar.

—Sí, eso me ha dicho.

—Bueno, nos vemos mañana por la noche.

—Hasta mañana, cuídate. Me hablas cuando llegues

—Claro que sí, no te preocupes.

—Listo muchachos, gracias.

—Mañana nos vemos en el lugar acordado para que regresemos con usted a su casa y le demos los souvenirs que preparamos, y no se olvide de hablarle a su esposa dentro de unas cuatro horas, y mañana por lo menos investigue el marcador final y algunas jugadas relevantes, por si su esposa le pregunta.

—Sí, sí, entiendo. ¿Dónde está el coche?

—Aquí tiene la llave, está en la esquina.

—Gracias.

—No se preocupe, estamos para cuidarlo.

 

 

*

 

Cuando llegué a casa mis niños ya dormían. Mi marido aún no llegaba, así que únicamente me apresuré a darle las gracias a la niñera y, en cuanto me sentí a mis anchas, abrí una botella de vino y me fui a sentar a la terraza de mi recámara, a conversar un poco conmigo misma.

Hacía frío, pero el vino me ayudó a soportarlo. Me sentía a gusto, tranquila, como si la angustia adherida a mí se hubiera desprendido; sin embargo, poco tiempo pasó para que el sentimiento de culpa apareciera, a hurtadillas, sentándose a mi lado como si fuera mi gran amiga. En otro momento probablemente la hubiera dejado, inclusive, hasta permitido que me abrazara mientras lloraba a moco tendido, flagelándome con mis propios arrepentimientos, pero no ahora, así que, envalentonada, sin aviso previo, la mando a la fregada con más facilidad de la que me hubiera imaginado.

Soy buena esposa, me gusta creer que buena madre, he invertido en mi matrimonio mis mejores años haciendo a un lado mis sueños, únicamente para consagrarme de lleno a mi familia. No creo que una aventura cambie eso, es más, tengo la impresión de que todo esto va a ser provechoso para mi matrimonio y quizá hasta le convenga a mi marido, pues de entrada ya no siento ese vacío en mi pecho que en ocasiones lo llenaba de coraje hacia él.

¿Qué daño puedo hacer? Mientras nadie se entere… como dice mi hermana Rosario. ¿Será cinismo pensar así? ¡Me desconozco!, y me emociona la idea de descubrir a la nueva mujer que habita bajo esta piel.

En algún lugar del jardín, un grillo canta llamando a su pareja; el cielo está despejado; la luz de la ciudad no deja ver las estrellas, pero están ahí. De igual manera el brillo engañoso de mi vida no me había dejado ver todo esto que estoy viviendo, sintiendo, deseando, pero siempre ha estado ahí.

Alzo mi copa para brindar con la luna por los secretos, por todos aquellos secretos, tan íntimos, que merecen ser guardados en un lugar muy especial. No tanto para protegerlos, sino para no dañar a quienes amamos.

—Salud, por ellos.

 

CONTINUARÁ...

 

 

Fragmento de la novela Angels Inc. Prohibida su reproducción total o parcial. Número de registro: 03-2007-082412021500-01

 



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Episodio 10. Siento más de lo que puedo confesar…
Episodio 9. Tranquila Desesperación…
Episodio 8. Simplemente… Sucedimos
Episodio 7. Afortunadamente, la vida no es justa…
Episodio 6. Salud… Por nuestros Secretos
Episodio 5. Primero se fue el aliento, después la ropa…
Episodio 4.Cuando un orgasmo se escapa…
Episodio 3.Esperando el impacto…


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