Episodio 4.Cuando un orgasmo se escapa…
10 Septiembre, 2018

 

*

 

Fabio permanecía de pie en el lobby del edificio, llevaba ahí poco más de media hora viendo entrar y salir gente sin decidirse a subir a su oficina. No lograba tranquilizarse, una duda parpadeaba en su mente como si se tratara de un tic nervioso. Veneno a cuentagotas. Necesitaba saber qué había sucedido realmente, pues de ser cierta su sospecha estaría en serios problemas. La certidumbre sobre lo sucedido marcaría la pauta de acción; mientras tanto, con la ignorancia por compañía sería como caminar a ciegas en un campo minado.

Por primera vez, desde que fundó la agencia, sentía esa dolorosa sensación de pérdida en el pecho. Y es que sabía que no podía confiarse y fingir que nada había pasado, pues si no hacía algo para remediar su error, cualquiera que éste fuera, realmente podría perder todo, empezando por su familia, que sería lo que más le dolería y lo único que no soportaría. Sus clientes también lo mandarían a la fregada y, por ende, ganaría una buena cantidad de poderosos enemigos. Todo por lo que había trabajado podría deshacerse como una casa de cartón bajo la tempestad. Algo tenía que hacer, pronto. Así que decidió correr el riesgo. Rompiendo una de sus propias reglas, sacó su teléfono celular y le habló.

—Hola, que bueno que pudiste contestar.

—Estoy saliendo de mi clase de Yoga —se escuchó una melosa voz femenina al otro lado de la línea.

—¿Estás sola?

——Claro tontito, si no, no te hubiera contestado.

—Sí, disculpa, ando distraído, y disculpa que te hable a esta hora, pero necesito verte.

——Me gusta la idea, yo también te extraño ¿Te parece mañana, donde siempre?

——Prefiero hoy.

—¡No puedes esperar!... Eso me halaga.

—En serio, me urge verte.

—Bueno, pues estás de suerte, hoy tengo clase de pilates, a las siete. Necesito hacer ejercicio todos los días o me pongo histérica.

—Perfecto. Nos vemos poco antes de las siete.

—Oye, que bueno que hablaste, ¡es muy raro en ti hacerlo!

Fabio colgó, sin despedirse. Se sintió grosero, pero no quiso decirle nada más, pues al parecer no sabía nada y no quiso espantarla para evitar se enturbiara más el agua de lo que ya parecía estarlo.

Finalmente decidió subir a la agencia. Al entrar en el elevador detrás de él lo hizo una atractiva pelirroja, enfundada en un traje sastre color amarillo. Él apretó el botón para llegar al piso seis, ella para llegar al siete. La pelirroja se paró frente a él sin decir palabra, sin embargo, Fabio no pudo evitar el sentirse observado. Por las enormes gafas oscuras que portaba la mujer no pudo asegurar que así fuera.

—Disculpa, ¿nos conocemos?

La pelirroja tardó en responder como si hubiera estado buscando una excusa para no hacerlo. —Lo dudo —dijo secamente.

Fabio se sintió estúpido, esa era una treta bastante fósil para abordar a una mujer, pero realmente sentía conocerla, aunque no ubicaba en dónde o por qué. Sin pensarlo soltó otra pregunta:

—¿Eres nueva en el edificio?

—Sólo vengo con el oculista —contestó la pelirroja, cortante.

Fabio sabía que el séptimo piso era de médicos, así que sus preguntas cesaron. El elevador se abrió en el sexto piso.

—Buen día —se despidió Fabio al bajar recibiendo por respuesta una lánguida sonrisa.

No llevaba ni tres metros avanzados cuando se detuvo para girar sobre sus talones y regresar sobre sus pasos. Pulsó como histérico el botón llamando nuevamente al elevador, acicateado por una intuición de infortunio que de pronto lo golpeó. Un par de minutos después nuevamente la puerta se abría. Subió, apretó el número siete. Al llegar ahí se bajó de prisa. Leyó por completo el directorio de consultorios que estaban en ese piso. Tal como de repente recordó, no había ningún oculista trabajando ahí.

El estómago comenzó a dolerle.

 

*

 

Las mujeres contamos con treinta por ciento más de conexiones cerebrales, por eso se nos facilita más el tráfico de ideas, pero por eso mismo, en ocasiones, se nos congestionan, causándonos unas crisis emocionales muy cabronas, similares a los congestionamientos en las cajas registradoras las noches de ofertas durante la temporada navideña. No te preocupes, es normal que te sientas así —me dijo Rosario, muy dueña de la situación, tratando de animarme mientras buscaba en mi alacena azúcar dietética que no tenía.

Precisamente, por la imperiosa necesidad de descongestionar un poco mi mente de tanto pensamiento y mi pecho de tanto sentimiento, invité a Rosario a venir a la casa. Le conté lo que me sucedía, lo que sentía, bueno, casi todo, omití algunos detalles y un nombre.

—¿Te acuerdas lo que decía la abuela? —me preguntó al mismo tiempo que decidía tomar el café sin azúcar y prosiguió sin esperar respuesta—. “Aléjate siempre de tus deseos, no sea que te puedan alcanzar”. Que me perdone la abuela —ambas volteamos hacia arriba y le sonreímos—, pero eso es una tontería. Te confieso que por un tiempo le hice caso. Me arrepiento como no tienes idea. Estuve a punto de ver mis mejores años pasar frente a mí sin darme cuenta, fui una simple espectadora de la vida, no me gustó. No hay nada mejor que estar a nivel de cancha, jugando donde se dan y reciben las patadas.

—Pero, Rosario, soy, somos, mujeres casadas, tenemos hijos. No podemos andar por ahí comportándonos como escuinclas lujuriosas.

—Yo no me comporto así. Soy una esposa y madre responsable.

—Sabes muy bien a lo que me refiero.

—Nada es verdad, hasta que te lo comprueben.

—¡Eres una descarada!

—Quizá, pero también ahora soy una mujer plena.

—Pero, ¿cómo lo haces, cómo puedes ocultar algo así y continuar con tu vida como si nada?

Mi hermana le dio un sorbo a su café, guardó silencio un momento y respondió, enfocando su mirada en un punto no definido:

—Me sorprende que siendo mujer, más siendo mi hermana, preguntes eso. Es muy simple, es algo natural en las mujeres, nosotras podemos ocultar nuestras aventuras con la misma facilidad y de la misma manera que ocultamos, y en ocasiones hasta enterramos, todos nuestros anhelos, fantasías, sueños, hasta frustraciones. Así hemos aprendido a vivir, a sobrevivir. Hasta tú lo has hecho, más bien, lo estás haciendo —me miró, sonrió y dio otro sorbo a su café—. Por otra parte, debes estar consciente de que tienes el mismo derecho que cualquiera a disfrutar de tu sexualidad, ya sea con tu marido o con tu misterioso galán, que no me has dicho quién es —lo último sonó a reclamo.

—No es tan fácil, yo no soy tan vaginalmente sociable como tú —bromeé, sarcástica—. Además, yo siempre he visto muy mal eso de engañar al marido, siempre pensé que lo más sano en una situación así sería hablarse con la verdad y, en dado caso, divorciarse.

—¿Prefieres seguir engañándote a ti misma?

—Pues, no, la verdad ya no… Duele.

—Entonces vas a decirle la verdad a tu marido, deshacer tu matrimonio y joder la infancia de tus hijos para que puedas realizarte como mujer.

—Claro que no, puedo estar desesperada pero no loca.

—Bueno, pues deshazte de tanta telaraña mental y deja de ser tan cuadrada en tu manera de ver la vida. Para ti todo es blanco o negro, cuando hay una gran cantidad de tonalidades entre uno y otro.

—No sé si pueda hacerlo.

—Mira, Brenda, tampoco te estoy diciendo que le abras las piernas a cuanto tipo te alborota la hormona, ni que te lances al vacío siguiendo tus deseos reprimidos; únicamente te digo que no corras tanto de ellos, camina despacio, puede que te alcancen, puede que no. Uno nunca sabe lo que pasará. Y pase lo que pase, cuentas conmigo.

Me levanté de la silla para abrazarla, con fuerza. Estaba muy confundida. No sabía si en realidad quería verme inmiscuida en semejante embrollo, pero sí estaba segura que necesitaba que algo pasara en mi vida, algo, cualquier cosa que lograra aplacar a todas las mariposas que revoloteaban, sin descanso, dentro de la eternidad atrapada entre cada latido de mi corazón.

 

*

 

Fabio había invitado a tomar un trago a Manolo y Rivelino en el restaurante-bar panorámico que se encontraba en el penthouse del mismo edificio, con toda la intención de contarles sobre el atentado que sufrió, más por necesitar complicidad que consejos. Al hacerlo minimizó los hechos e intentó mostrar serenidad ante ellos, pero su lenguaje corporal hablaba fuerte y claro. Algo andaba mal, no les quedó la menor duda a ninguno de los dos.

— ¿Por qué no levantas una denuncia? —preguntó su primo.

Antes de responder, Fabio sonrió como lo hacía ante las preguntas inocentes de sus hijos:

—Cuando tienes un negocio que se dedica a fabricar barcos de papel, lo que menos deseas es hacer olas —afirmó con un énfasis que no excluía la ironía.

—¿Qué le dijiste a tu esposa?

—Nada, no pienso decírselo.

—¡Qué horror, qué horror! ¡No puedo creer que hayas sido tan descuidado! ¿Estás consciente de lo grave que esto puede ser para la agencia? —intervino Rivelino, agitando una de sus manos como si estuviera espantando moscas.

—No te sulfures, no va a pasar nada. De seguro fue un mal entendido, me han de haber confundido con alguien más.

—¿Y cómo lo sabes? A lo mejor sólo fue una advertencia y para la otra te matan —sostuvo imperioso Rivelino, ahora con ambas manos en la cintura.

—Estás exagerando. Un relámpago no desencadena una lluvia —se defendió Fabio.

—No, pero la mayoría de veces son el preludio de un aguacero. ¿Qué harías tú si fueras uno de nuestros clientes que viven tranquilos sabiéndose protegidos por nuestro amable techo de discreción profesional y, de repente, te enteras que el director cayó sobre el mentado techo, destrozándolo por completo?

Fabio sabía que Rivelino tenía razón, pero no pensaba admitirlo, por lo menos no delante de él.

—Me imagino que si se trata de un marido celoso, tendrás tus sospechas de quién se puede tratar —afirmó Manolo.

Fabio respondió afirmativamente con un simple movimiento de cabeza.

—¿Te preparo un angelazo? —preguntó Rivelino, haciendo acopio de serenidad—. Los angelazos son planes de contingencia que se ejecutan en calidad de urgencia, tomando medidas drásticas cuando algún cliente es descubierto in fraganti. Casi no ha sucedido, las únicas dos veces han sido porque los clientes no acataron las instrucciones dadas —respondió a la muda pregunta de Manolo.

—No, no creo que sea necesario —dijo Fabio, con aplomo.

Minutos más tarde, sin haber resuelto nada, Rivelino regresó a la agencia; el trabajo lo reclamaba, mientras Manolo hizo lo propio poco después de recibir una llamada en su celular, argumentando tener que ir a ver al corredor que iba a rentarle un departamento en la zona.

Fabio se quedó ahí, solo, pensativo, en plena catarsis, observando la enorme mancha urbana que se extendía más allá de su vista y que comenzaba a pardearse. En poco tiempo vería si sus sospechas eran ciertas, mientras tanto, sólo restaba esperar. En eso, un ave se estrelló escandalosamente contra el cristal. Quedó muerta en la cornisa.

—¡Pobrecita! —suspiró una de las meseras que se acercaron a contemplar la tragedia del ave.

La mirada de Fabio se posó sobre el pequeño cadáver emplumado, posteriormente sobre la insignificante mancha dejada en el vidrio tras su impacto.

—Ni siquiera ha de haber sabido contra qué se estrelló, volaba muy confiada —escuchó Fabio a sus espaldas. No se dio cuenta de parte de quién provenía el comentario, pero se sintió aludido, como si le hubieran lanzado una indirecta. En ese momento, una aciaga sensación de calor comenzó a apoderarse de su cuerpo lentamente.

—Buenas tardes. Necesito desaparecer unas tres horas mañana por la mañana...

—Cuente con ello.

—Pero necesito que me excusen en mi oficina y que se hagan cargo de desviar las llamadas de mi celular, para que contesten ustedes, por si habla mi secretaria o mi esposa...

—Cuente con ello.

—También preciso un lugar discreto, no muy lejos, para no desperdiciar tiempo trasladándome.

—Cuente con ello. Así se hará.

—Mi número de socio es 00169.

—Perfecto. En diez minutos tiene usted en su correo electrónico los pormenores a seguir.

—Gracias.

—A usted, estamos para cuidarlo.

 

*

 

Tratando de distraerme, de pensar en otra cosa que no fuera él, me fui de compras por la tarde al centro comercial, yo sola, mientras mis hijos estaban en sus clases de fútbol y, sin darme cuenta, de pronto, tras recorrer una docena de tiendas y haber adquirido el mismo número de artículos de belleza, entre ellos crema para depilar sin dolor, me sorprendí a mí misma escogiendo ropa interior sexy. Me sentí atrevida, audaz, como niña traviesa al comprarme un par de tangas diminutas; unas negras y otras amarillas con muñequitos. Al pagarlas me sentí extraña, como fuera de lugar, sobre todo cuando, no sé por qué, pedí me las envolvieran para regalo.

 

*

 

Fabio espera, tomando un expreso doble, en la terraza de la cafetería ubicada a un costado de la entrada del estacionamiento del centro comercial, a la expectativa de verla llegar. Ponderaba todos los detalles, importantes o no, de los últimos días, tratando de encontrar una respuesta, sin mucho éxito. Se terminó el expreso, pidió una botella de agua purificada. Estaba nervioso, se sentía acechado. Todos a su alrededor eran sospechosos. Necesitaba calmarse, poseía una mecha larga pero al consumirse explotaría irremediablemente.

El centro comercial era un lugar estratégico, gracias a todas las posibilidades de excusas que ofrecía en caso de encontrarse con alguien conocido. Ahí había supermercado, tienda de videos, librerías, cines, tiendas de todo tipo de ropa, varias cafeterías y restaurantes, uno de los mejores gimnasios de la ciudad, oficinas de gobierno y un amplio estacionamiento subterráneo de tres pisos con un escueto sistema de seguridad. A pesar de eso, estaba arrepentido de haberse citado ahí. Miró su reloj, decidió esperar sólo diez minutos más y marcharse, cuando la vio entrar. Dejó un billete sobre la mesa y salió de prisa.

Bajó del elevador en el nivel adecuado, tomando camino a la zona donde siempre se estacionaba. La encontró un par de cajones más delante de lo habitual. La camioneta estaba cerrada pero logró reconocer su silueta a través del cristal opaco. Tocó a la puerta de la minivan, ésta se abrió automáticamente, se subió de inmediato. Denisse estaba sentada en uno de los asientos traseros, enfundada en un ajustado conjunto deportivo de licra. Ella lo saludó con un beso, sin embargo, él no respondió con el mismo entusiasmo.

—¡¿Qué te pasa?! —preguntó ella con cierto recelo.

—Tenemos un problema.

—¡Tenemos! ¿Qué problema?

—Creo que tu marido nos descubrió.

—¡Estás loco! ¿Por qué dices eso? —Denisse se mostró adusta.

—Anoche intentaron matarme —dijo Fabio con semblante mortecino.

—¡Me estás vacilando!... ¿Verdad?

—Ojalá, pero no.

— ¿Y crees que fue mi marido?

— Sí. ¿Quién más?

— No sé, pero no fue él.

— ¿Por qué estás tan segura?

— Porque lo conozco. Si hubiera sido él, me mata a mí antes que a ti, y te aseguro que no hubiera fallado.

Fabio no supo si eso mejoraba o empeoraba su situación. 

— ¿Te hicieron daño? —preguntó melosa Denisse. Al mismo tiempo que colocaba una mano en el muslo de Fabio mientras con la otra lo abrazaba.

— No. Sólo mi auto y mi tranquilidad sufrieron averías, pero no quiero darles otra oportunidad para lograrlo —respondió Fabio, percibiendo el perfume de Denisse, sintiendo como la bestia comenzaba a despertar dentro de él.

—Mira, por mi marido no te preocupes, él no da sustos, no es su estilo, de seguro es alguna otra bronca que arrastras, que vas a resolver, estoy segura, pero espero no me vayas a descuidar por eso —Denisse se acercó a él, buscó su boca, lo besó con enjundia. Una descarga eléctrica recorrió toda la médula espinal de Fabio, provocando que su pantalón comenzara a deformarse a causa de la súbita erección que sufrió. La bestia había despertado, y atacó. Fabio respondió con la misma intensidad al beso, pero segundos después se zafó, alejándose de ella, con la respiración acelerada. La razón y el deseo entablaban férrea batalla dentro de su cabeza.

—No, no podemos hacerlo, no ahorita, no aquí, es una estupidez… un riesgo demasiado grande.

—Entonces vamos a tu departamento.

—No creo que sea buena idea —Fabio se había propuesto con anterioridad dejar de arriesgarse, por un tiempo por lo menos, hasta no saber qué estaba pasando. Se despidió de ella. Abrió la puerta, convencido que era una buena decisión, hacerlo sería abusar demasiado de su suerte. Había mucho en juego, así que hizo lo que cualquier hombre con cacumen hubiera hecho en su lugar; ya embalado cerró la puerta, giró sobre el asiento y se abalanzó sobre Denisse, eufórico, dejándose llevar por el deseo, mientras la razón se quedaba afuera.

 

*

 

Regresando a casa me puse a revisar tareas escolares, di de cenar, acosté a mis hijos, metí la ropa a lavar y, con el ruido de la lavadora trabajando como música de fondo, me senté a elaborar una lista de los triviales quehaceres por realizar al día siguiente, con el fin de organizarme sin omitir ninguno y, aún así, dejar un espacio libre para mí. Al terminar guardé la agenda en mi bolso, con la sensación de haber olvidado anotar algo.

Me encerré en el baño para probarme la ropa interior que había comprado, confiada en que los niños ya dormían en su habitación. No se me veía igual que a la modelo del afiche publicitario, pero me gustaron, me sentía cómoda, sexy… Me dejé puesta la tanga amarilla con muñequitos mientras me depilaba las piernas, las axilas y la parte del bikini, bueno, un poco más allá de lo que un bikini cubriría, para quedar como a él le gustaba. Mientras esperaba que la crema se secara, se me ocurrió pensar en lo que pasaría cuando nuestras ganas se encontraran nuevamente, lo cual desencadenó una avalancha de escenas lúbricas que, a pesar del leve intento que hice por detenerlas, inundaron por completo mí tranquilidad. Para cuando me quité toda la crema con la toalla humedecida con agua tibia ya estaba más que excitada. Con ese antecedente, tras bajar del clóset de blancos mi caja de recuerdos, saqué a Ramiro y, por segunda vez, me dispuse a darle el uso apropiado. Abrí el tubo de lubricante, le puse una buena capa a Ramiro, me quité la tanga, me acomodé sobre la taza… La imaginación, mis deseos, el calor que invadía mi cuerpo desde adentro, la exigencia de mi sexo húmedo y tibio… él. Todo me orilló a tener entre mis manos, entre piernas, a un complaciente “amante” bajo mi completa voluntad. Yo marcaba el ritmo, la intensidad, la profundidad. Sin duda alguna, la mente es un campo fértil, seguro, para darle rienda suelta a todas nuestras fantasías. Ahí puede pasar todo, cualquier cosa, sin consecuencias. Casi ninguna…

Al poco tiempo llegué a un punto en que necesité aferrarme con una mano al toallero, mientras la otra la tenía ocupada bajo un ritmo que ya rayaba en lo delirante, comenzaba a sentir que en cualquier momento me correría, lo que me incitó a abrir más las piernas, acelerar el compás de mis movimientos… Estaba empapada, no podía evitar contorsionarme sobre el retrete y morderme los labios para evitar que mis gemidos rebotaran por todo el baño… ¡Cuando de pronto!, Fabián, el más pequeño de mis hijos…¡tocó a la puerta!

—Mamááá…

El toallero se rompió a causa del corto circuito que sufrió todo mi cuerpo. Fue horrible, frustrante. Traté de recuperar la respiración, le contesté a mi hijo con el corazón acelerado:

—¿Qué pasó mi rey?

—No puedo dormir, Rodolfo me molesta, dice que debajo de mi cama hay un tigre de dos cabezas, que escupe fuego y que me va a quemar cuando me acueste.

—En un momentito salgo, no le hagas caso a tu hermano, sólo te quiere asustar.

Me quedé unos segundos sentada, sin moverme, respirando despacio. Resignada, guardé todo, me di una ducha rápidamente con agua fría, antes de salir a espantar al tigre de dos cabezas escupe fuego, que había arruinado mi orgasmo.

 

CONTINUARÁ.... 

 

 

Fragmento de la novela Angels Inc. Prohibida su reproducción total o parcial. Número de registro: 03-2007-082412021500-01

 



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Episodio 10. Siento más de lo que puedo confesar…
Episodio 9. Tranquila Desesperación…
Episodio 8. Simplemente… Sucedimos
Episodio 7. Afortunadamente, la vida no es justa…
Episodio 6. Salud… Por nuestros Secretos
Episodio 5. Primero se fue el aliento, después la ropa…
Episodio 4.Cuando un orgasmo se escapa…
Episodio 3.Esperando el impacto…


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