Episodio 3.Esperando el impacto…
04 Septiembre, 2018

*

 

Fabio y Manolo fueron los últimos clientes en salir del restaurante. La calle los recibió con una lluvia matapolvo a la que no le prestaron mayor atención. El cotidiano ajetreo urbano era casi inexistente, habitual a esas horas de la madrugada.

Los dos primos se notaban alegres, ligeramente mareados. Hacía frío, pero ninguno confesó sentirlo. Manolo se rehusó tácitamente a que Fabio lo llevara a su casa y, para evitar una prolongada discusión al respecto, como solía suceder, se subió al único taxi que espera cliente en el sitio de la esquina. Se despidió a gritos y con medio cuerpo afuera del vehículo.

Fabio caminó tarareando una canción que había estado de moda en sus años mozos. Dentro del estacionamiento semivacío sus pasos hacían eco mientras un sinnúmero de recuerdos, insertos en su memoria, eran desempolvados. Repentinamente, un gato enjuto salió chillando de algún lugar, logrando que Fabio se sobresaltara al sentirlo casi en sus pies.

—¡Pinche gato! —insultó al animal, al mismo tiempo que éste se perdía detrás de una llanta. Los metros restantes los recorrió sin tararear, a la expectativa. Justo antes de subirse a su coche, volteó sobre sus hombros en ambas direcciones, instintivamente; no había nadie.

Tardó un par de minutos en encontrar el ticket que introdujo en la máquina de cobro; tardó más en recibir su cambio por parte de la misma. El brazo mecánico se levantó, Fabio avanzó lentamente sintonizando alguna estación, no tenía ganas de escuchar los discos que traía en su estéreo desde hacía más de una semana. En la esquina se detuvo en espera de la luz verde, casi nunca respetaba los semáforos a esa hora, pero esa noche, sin tener motivo aparente, lo hizo, sin tomar en cuenta lo que continuamente repetía a sus clientes para evitar que cometieran descuidos lamentables: que en un determinado grado de confianza, la cautela y la imprudencia se funden y confunden.

No encontraba ninguna estación a su gusto así que apagó el aparato. La lluvia amainó, encendió el limpia parabrisas. Una camioneta se le emparejó y, casi al mismo tiempo, el cristal de su lado se cuarteó en cientos de pedazos, seguido por una serie de estruendos ensordecedores, junto con el rechinido de unas llantas quemando con saña el asfalto.

Fueron dos, empero, Fabio sintió como si hubieran sido cien balazos consecutivos. No pudo calcular el tiempo exacto que permaneció agazapado sobre los asientos, voluntariamente petrificado, sin atreverse a mover un sólo músculo. Cuando por fin reunió el valor suficiente, se incorporó lentamente, comprobando que el agresor había desaparecido. El aguacero mermaba mucho la visibilidad, a percepción de Fabio, la calle estaba completamente vacía. En el semáforo parpadeaba la luz amarilla. Trémulo, con el razonamiento aún desconectado y embalado por un miedo que comenzó a germinar en su pecho aceleradamente, se puso en marcha nuevamente aferrado al volante con ambas manos, sin respetar semáforo alguno, sin importarle toda el agua que entraba por los agujeros que habían dejado las balas en el cristal.

No entendía por qué, ni qué había sucedido, tampoco se preocupó por entenderlo en ese momento. Toda su capacidad, tanto mental como emocional, se enfocó en alejarse lo más rápido posible, razón por la cual no se percató que su valentía, misma que se había alejado en el momento exacto de lo balazos, venía corriendo tras él desesperadamente, tratando de alcanzarlo.

 

 

 

*

 

 

Le desabroché la camisa de golpe y lo empujé para que cayera de espaldas sobre la cama, me tocaba a mí; él ya me había devorado sin miramientos. Me gustó, lo disfruté, pero ahora el control era mío. Mi cabello acariciaba su abdomen mientras mis labios apenas rozaban su miembro en una caricia imperceptible, un suspiro de placer, un aliento de deseo… un roce con la lengua que recorrió toda su verga de arriba abajo, despacio, explorándolo, reconociéndolo, sintiendo cómo intentaba expandir todo su deseo más allá de su propia excitación. El palpitar de sus venas, su dureza, su firmeza, su altivez, su respiración acelerada, fundiéndose en gemidos ahogados que peleaban por estallar. Sus dedos entre mi cabello deseando controlar. Por momentos me dejé guiar, por momentos simplemente hice lo que quise, fue mi juguete, mi placer, mi egoísmo. Mis labios rodearon su glande, apreté, absorbí, humedecí con saña el objeto de mi sed, de mis deseos, de mi desenfreno; lo sentía repleto de fuerza, pero al mismo tiempo frágil, vulnerable. Sentí que me atragantaba cuando acariciaba mi garganta, una lágrima escapó de mis ojos sabiendo que estaba a mi merced, podría arrancarlo de un bocado; sin embargo, le daba vida con el placer que me proporcionada. Muerdo, chupo, lamo, gimo... Sin control, sin tabúes, sin vergüenza, más cínica y más viva que nunca. No dejo de mirarlo a los ojos. El resto de mi cuerpo me exigió que le arrancara las ganas, así que me monté sobre él, permití que me penetrara completa y arrebatadamente, mientras sus manos y sus labios exploran sin recato cada rincón de mi cuerpo, mientras yo, entre tensa e inerte, soy una pinza humana en movimiento. El vaivén de mis caderas aumentaba marcando un ritmo acelerado, ansioso, frenético. Le grito que me la meta… toda. Le dije al oído: cógeme, cógeme. Se lo repito mil veces, en cada embestida. Sus dedos estrujan mis nalgas. Estoy a punto de estallar en un orgasmo, mi alma a punto de abandonar mi cuerpo, cuando, repentinamente… me despierto, sobresaltada.

Mi día comenzó agitado, más de lo normal, ya que las prisas mañaneras y las carreras para dejar a mis hijos en la escuela me trajeron en friega loca, todo con tal de poder llegar a tiempo a mi primer día en el gimnasio, el cual fue agotador. No podía ni con mi alma después de la primera clase, sin embargo, fue lo más personal y placentero que hice en mucho tiempo. Sudar, moverme, escuchar la música, por un momento me olvidé de todo tipo de obligaciones, incluso de que hacía todo eso por un hombre. Por si fuera poco, estaba Jesús, quien descaradamente coqueteó conmigo y me agarró las nalgas un par de veces, al igual que a mi hermana y a media docena de mujeres sudadas, inclusive a algunas que yo sabía eran ya muy hábiles para los aerobics, quienes hicieron descaradamente mal los ejercicios para que el instructor se acercara a ellas a manosearlas, mejor dicho, a corregir sus movimientos para que no sufrieran ningún daño. ¡Ajá!

Al salir de la ducha le conté la versión light de mi sueño a Rosario. Al terminar de narrarla me dijo:

—Eso es insatisfacción sexual.

—¡Estás loca! —protesté de inmediato.

—De acá nos vamos con las muchachas —me avisó, dando por hecho que la acompañaría, al mismo tiempo que desplegaba sobre el lavamanos todo su arsenal de cosmetología.

No me hice mucho de rogar. Sus amigas y ella lograron sonsacarme para ir a desayunar con el pretexto de darme la bienvenida, aunque confieso que me costó trabajo el dedicarme más tiempo sin sentir un poco de remordimiento.

Pocos minutos después de la fruta y las claras de huevo con jamón de pavo, cuando se endulzaba el café con chismes frescos bajos en calorías sobre maridos y compañeras del gimnasio, yo me empeñaba en aparentar más interés del que realmente sentía por la conversación, hasta que Jessica realmente acaparó mi atención por unos momentos cuando comentó:

—Ayer conocí a la amante de mi marido, en una cena que organizaron en su oficina por el cierre de un convenio —primero creí haber escuchado mal, pero prosiguió platicando de la manera más natural sobre su descubrimiento—. La verdad, me indigné, ¡siempre creí que sería más guapa que yo!

Quise preguntar cómo era posible que supiera que su marido la engañaba y no hiciera nada; decirle que era ridículo que después de conocer a su amante únicamente se “indignara” por el hecho de que no era más guapa que ella. Pero no lo hice, me quedé calladita para verme bonita, evitando poner en evidencia mi inexperiencia en esos asuntos.

—Es en serio, no lo digo por vanidad o presunción. Obvio, es más joven y tiene toda la pinta de ser una nalga aventurera, pero yo estoy más buena que esa flacucha desabrida… y lo más seguro es que yo sea mejor en la cama que ella —aseguró Jessica.

—¿Y cómo supiste que era ella? —por fin preguntó Federica

—No necesité que nadie me lo dijera —Jessica sorbió de su café antes de continuar—, al igual que tampoco necesité que alguien me viniera con el chisme de que mi marido me engañaba. Un día, sin aviso alguno, una brisa helada golpeó mi corazón y lo supe —casi todas asintieron con la cabeza dándole la razón, yo no lo hice, más por exceso de confusión que por falta de solidaridad—. Pero la resbalosa esa está loca si cree que le voy a dejar el camino libre y pavimentado. Yo pasé hambres con Rubén cuando empezaba, yo lo apoyé incondicionalmente durante muchos años, soy madre de sus hijos y pareciera que de él; hago el papel de amante, sirvienta, secretaria y muchas cosas más. Todo lo que ahora tiene también es gracias a mí. Es muy fácil andar con él ahora, ¡y hasta encontrarlo guapo!, con todo el dinero y éxito que ahora goza. Así que no, no se lo voy a dejar fácil, ni a ella, ni a cualquier otra zorra.

—En el noviazgo hay que andar con ambos ojos bien abiertos y en el matrimonio, en muchas ocasiones, debes cerrar uno —dijo Patricia, con aire de resignación.

—Sí, pero es muy diferente pasar por alto una calentura, que ser una pendeja y no defender lo que es tuyo —intervino Federica.

En el preciso instante en que un ángel pasó por nuestra mesa, vimos, con dolor, cómo toda la fortaleza de Jessica se desmoronaba como un castillo de arena embestido por una ola. Al mismo tiempo, las lágrimas que habían estado encerradas por mucho tiempo comenzaron a escaparse desordenadamente de sus ojos. Mi hermana la abrazó.

—No sé qué hice mal —balbuceó Jessica sin dejar de llorar.

—No has hecho nada mal querida, eres una mujer extraordinaria. Es la testosterona, es esa hormona estúpida que hace que los hombres se comporten como… hombres —comentó mi hermana, limpiando las lágrimas de su amiga con una servilleta que yo le pasé.

Le di un trago a mi capuchino, ya frío, y me pregunté si en realidad el amor que algunas sentimos por los que ahora son nuestros maridos no sería simplemente el triunfo de la ilusión sobre la inteligencia. Me pregunté también por qué a ellos el matrimonio únicamente les resuelve cosas prácticas, mientras a nosotras, en ocasiones, nos resuelve la existencia. Obvio no me pude responder y dudé mucho que alguien lo hubiera podido hacer.

—¡Pues que se joda, la tierra es de quien la trabaja! Si él descuida la suya por atender la ajena, debería agradecer que existe alguien que hace su trabajo —escuché sin saber qué comentario anterior detonó tal afirmación por parte de mi hermana. En ese momento me levanté y, decidida, fui al baño para hacer una llamada desde mi teléfono celular.

 

 

*

 

Al terminar de bañarse, frente al espejo del baño, desnudo, envuelto en un aura de incredulidad y, aunque él mismo lo negara, de miedo, Fabio realizaba un chequeo visual de su persona, buscando posibles daños ocasionados durante la terrible experiencia de esa madrugada.

Sólo un par de rasguños casi imperceptibles en el rostro, producto quizá del cristal baleado, así como un pequeño moretón en el hombro derecho, al cual no le encontró explicación.

Deliberadamente, para ahorrarse las explicaciones a su esposa sobre el estado del coche, pasó a dejarlo al estacionamiento de la oficina. Ahí tomó un taxi para llegar a su casa. Pudo haber ocupado uno de los carros de la empresa, pero ni tuvo ganas de hacerlo y, sobre todo, era necesario no llegar manejando para que su coartada fuera verosímil. Como llevaba unos tragos de más, la explicación dada satisfizo a su esposa y hasta lo felicitó por su prudencia.

Aún no lograba digerir lo ocurrido, lo traía atascado en algún lugar de su garganta sin saber si en realidad no podía o, simplemente, no quería tragárselo. Deseaba pensar que sólo se había tratado de un mal entendido, que lo confundieron con otra persona, que de ahí no pasaría, pero lo dudaba. Por su mente revoloteaba una posible causa que trataba ingenuamente de ignorar, pues de ser cierto, significaría haber cometido un error garrafal, que de facto, afectaría a todos sus clientes y a su propia familia.

—Me lleva la chingada —dijo para sí mismo, con un amargo sabor a incertidumbre embarrado en el paladar.

Se vistió de prisa y salió a la calle en busca de un taxi. Quince minutos más tarde aún no lograba conseguir uno, por tercera vez trataba de comunicarse con una central desde el celular cuando, intempestivamente, sin gracia alguna, brincó hacia atrás casi dos metros, esgrimiendo su portafolio cual escudo protector al ser sorprendido por un vendedor que se acercó a él ofreciéndole el diario de esa mañana. Después de brindar tal escena a los transeúntes que lo miraron con recelo al pasar a su lado, Fabio hizo lo posible por recuperar la compostura. Compró el periódico más por pena que por necesidad; se sintió ridículo, pero no pudo evitar mirar a su alrededor con desconfianza. Nunca había sentido algo similar, era como si muchos miedos se unieran en uno solo haciendo éste más sólido, pesado.

Cuando por fin consiguió que un taxi se detuviera frente a él se subió de inmediato, dio la dirección de su oficina al chofer y prácticamente se embarró en el asiento trasero. Calles adelante un compacto destartalado se detuvo a un lado. Fabio, irónicamente, alcanzó a leer la leyenda impresa en una gran calcomanía amarilla que traía pegada en el parachoques, sin saber si se trataba de una burla o de una advertencia: “No manejes tan rápido que tu ángel de la guarda no pueda alcanzarte”.

—¡Mierda! —masculló entre dientes, hundiendo su cuerpo en el asiento.

 

 

*

 

 

En cuanto acordamos lugar, día y hora apagué el teléfono. No podía creer que me hubiera atrevido a llamarle, ¡no sólo eso!, sino también el haber aceptado su invitación para vernos. Fue un atrevimiento de su parte, ya que está perfectamente consciente sobre la situación tan complicada en la que me encuentro. Aunque estoy segura que estaría odiándolo en este momento si no me lo hubiera pedido.

Hasta ahora, la idea de estar nuevamente con él me provocaba solamente chispazos en la mente, pero creo que me descuidé y una de esas chispas inició un incendio que no puedo sofocar, por lo menos no sola, no ahorita. Probablemente al verlo esta sensación se apacigüe y pueda vivir tranquila otra vez. No lo sé. La simple idea de participar en cosas nuevas siempre me ha atraído, pero en esta ocasión es diferente, nunca antes me había arriesgado de semejante manera. En otras circunstancias no existiría problema alguno, pero soy una mujer que se supone felizmente casada, una madre responsable de tres niños.

Perdida estaba en los vericuetos de mi mente, cuando unos golpes en la puerta me regresaron al mundo.

—Brenda, ¿Estás bien? —escuché preguntar a Rosario.

—Sí, claro —casi grité mientras tiraba de la manija para que corriera el agua y guardaba mi celular en la bolsa.

Mi hermana me recibió con esa miradita inquisitiva que me choca, con la cual me decía sin hablar: sé que algo ocultas.

—¿Qué te pasa?

—Nada. ¿Por qué?

—Últimamente no sales del baño, te inscribes en el gimnasio, comienzas nuevamente a fumar…

—No me pasa nada… y no estoy fumando —mentí, mal.

En eso ella saca un cigarrillo, lo enciende en su boca y mientras lo sostiene entre los dedos, recargándose en el lavamanos, se me queda mirando mientras finjo, nerviosa, arreglarme frente al espejo.

—¿Es de contrato o de prepago tu celular? —me pregunta sin más.

—De prepago, ¿por?

—Menos mal, porque no sería bueno que tu marido, por pura casualidad, leyera los números en tu estado de cuenta, ¿no crees?

Se salió sonriendo, haciéndome sentir, a mí, a su hermana mayor, como una niñita estúpida.

Regresé a reunirme con las muchachas aparentando una tranquilidad inexistente. Rosario no dejaba de sonreír. La odié por un momento, para después pasar a odiarme a mí misma; realmente es desolador darme cuenta que las alturas me excitan, pero, al mismo tiempo, descubrir que sufro de vértigo.

 

 

*

 

 

Nuestro valor más grande es, sin duda alguna, la confidencialidad. Te puedo decir, sin miedo a equivocarme, que todos nuestros clientes, al ingresar, depositan en nosotros el triple de confianza que le podrían depositar a su abogado o a su propia amante —apostilló ufano Rivelino, quien, conocedor pleno del negocio, con una vestimenta inmaculada y con movimientos gráciles, le daba un tour a Manolo por toda la agencia. Los primos habían acordado verse por la mañana ahí, en la oficina. Fabio no llegó a la hora pactada, por lo que Rivelino se prestó solícito para adelantar parte de la información que Manolo debería poseer si, como le informó Fabio, se unía al equipo—. Somos un grupo conformado por más de veinte personas acá en la oficina, así como otros tantos “ángeles” que andan en las locaciones. De todos, el único que da la cara “oficialmente”, por decirlo de alguna manera, es Fabio; todos los demás… “no existimos”.

—Ustedes sólo se manifiestan a través de sus acciones, supongo —comentó Manolo, con conocimiento de causa.

—¡Exactamente! —enfatizó Rivelino, secundando sus palabras con una amplia sonrisa, a la que Manolo no le prestó atención—. Tu primo y un servidor somos los únicos que podemos acceder al Sistema Arcángel, los demás involucrados sólo se enteran de lo esencial para poder hacer su trabajo —prosiguió con su explicación.

—¿Qué hay en ese sistema?

—Nombres, apellidos, direcciones, teléfonos, gustos, preferencias sexuales, datos de los amantes, ocupación, antecedentes familiares, etc., etc… Todos los datos que nuestros clientes nos van proporcionando para poder cubrirlos a la perfección. Es nuestra propia caja de Pandora.

—¿Y no les da miedo que se abra? —preguntó Manolo con cierta morbosidad.

—No, no, no, no —contestó Rivelino de inmediato, con aplomo—, eso es improbable. Tenemos varios candados de seguridad, no hay espacio para ese tipo de errores.

—Si ustedes lo dicen, supongo que así es.

—El secreto de nuestro éxito radica en el servicio al detalle —continuó Rivelino sin prestarle atención al comentario—, los detalles son los más importantes. Cuando una infidelidad se descubre, la mayoría de veces es por los detalles que se pasan por alto.

Caminaban por los pasillos de la agencia pausadamente, deteniéndose y asomándose en cada cubículo mientras Rivelino daba su explicación sobre las tareas de cada departamento.

—Nuestra estructura es muy similar a la de una agencia de publicidad. Contamos con un departamento de arte y diseño, donde se elaboran invitaciones para todo tipo de eventos: reconocimientos, comprobantes de vuelo, cajitas de cerillos de hoteles, gafetes de participación, en fin, todo lo que necesite para sustentar la estrategia en curso. Telefonistas que reciben las llamadas que el cliente quiere que controlemos, de su esposa, de su trabajo, son las mismas que hablan con las esposas para confirmar la asistencia del marido a determinado evento, y las que contestan como recepcionistas de hotel, coordinadoras de mesas de invitados, son lo que se necesite que sean. Internet, por donde se recibe la mayoría de las indicaciones de nuestros clientes, todo controlado por medio de filtros y contraseñas que vamos cambiando cada determinado tiempo. Mensajería, para hacer llegar las invitaciones, cerciorándonos que las reciba quien lo deseamos y convenga. Redes sociales, sobre todo para monitorear que nuestros clientes no cometan indiscreciones a través de ellas. Staff de operaciones especiales, o mejor conocidos como “Ángeles de Tierra”, son quienes se encargan de montar un escenario específico, vigilar el terreno, convertirse en socios, clientes, compañeros, jefes, parientes… Te repito, todo depende de la estrategia. Logística y planeación, según tengo entendido acá entras tú, donde nuestros creativos elaboran las estrategias y excusas adecuadas para cada uno de nuestros clientes, basándose en un estudio realizado con anterioridad sobre los gustos, necesidades, perfiles, tiempo disponible, emergencias, todo. Puede ser desde un congreso internacional de una semana entera, un fin de semana de cacería con antiguos compañeros de universidad, o una detención por exceso de velocidad que te mantuvo la noche entera en la comisaría. Cada traje se hace a la medida.

—¡Piensan en todo!

—Así es, nuestro trabajo es pensar en todo para que el cliente se ocupe sólo de disfrutar.

—¿Y los puntos de encuentro, esos los escoge el cliente o ustedes?

—Para eso contamos con algunos departamentos propios en la ciudad, dos de ellos de lujo, tres casas en distintos destinos, uno de ellos en playa, así como muy buenos convenios con las mejores cadenas de hoteles. Además, también poseemos una flotilla de automóviles para que, en caso de ser necesario, nuestros clientes no se muevan en sus propios vehículos mientras están bajo nuestro resguardo.

—Me imagino que ha de salir caro elaborar y desarrollar cada estrategia.

—Por decirlo así, pero todos nuestros clientes son adinerados. Ser infiel tiene su precio, y por mucho que inviertan en una coartada, un divorcio siempre será más costoso, en todos los sentidos.

—¿Y cómo se inscribe uno?

—Sólo pueden entrar por recomendación de uno de nuestros clientes. Somos muy estrictos en ese punto.

—Déjame confesarte que estoy sorprendido, jamás imaginé que la infidelidad fuera tan buen negocio.

—Teórica y moralmente hablando, ser fiel a tu pareja es una obligación, pero sabemos que es hormonalmente imposible de cumplir para muchos, especialmente dentro de una sociedad como la nuestra, donde las tentaciones pululan y los arrebatos de la entrepierna son más comunes que un limosnero a las afueras de una iglesia.

No es raro que el infiel ame a su pareja, que posea una linda familia, éxito profesional, hijos adorables. Para muchos eso no es suficiente. Por si fuera poco, con las y los amantes haces cosas que no te atreverías a hacer con tu pareja. Ahí, bajo el manto de la traición, toman vida las fantasías más descabelladas y aflora tu verdadero deseo sexual, tu auténtico impulso animal. ¡Grrr!

—De una u otra manera todos somos infieles —comentó Manolo pensativo, como si trajera a su mente recuerdos dolorosos.

En ese momento escucharon a sus espaldas una voz femenina que les dijo:

—Hola.

Al voltear, Manolo se sorprendió al descubrir que se trataba de una guapa joven, de cabello negro hasta los hombros, ojos verde esmeralda, con piercing en la ceja izquierda y en el ombligo, vistiendo unos jeans ajustados y una camiseta negra con la leyenda “La suerte de la fea, a la bonita le vale madre”, grabada al frente.

—Hola —respondió Manolo al salir de su asombro.

Rivelino no respondió al saludo, únicamente se limitó a presentarla:

—Te presento a Pilar Ardavín, nuestra diseñadora en jefe.

—Pili, para ti sólo Pili —rectificó ella con una coquetería desprovista de todo pudor, antes de alejarse por el pasillo con un andar espectacularmente hipnotizante, por lo menos para Manolo.

—Es un placer —respondió él, mientas la veía alejarse sin apartar la mirada del ritmo de sus jeans—. Vaya, ¡hasta ángeles de verdad tienen aquí! —suspiró.

—Ten cuidado, esa mujer es brasa ardiente, te puede quemar —le advirtió Rivelino, visiblemente celoso.

—Pero, ahorita que lo pienso, ¡¿mujeres trabajando en una agencia que se especializa en engañarlas?!

—En primera, nuestros servicios no son exclusivos para hombres, aunque eso sí, el sexo masculino representa el 98 por ciento de nuestra clientela. Y en segunda, ¿quién mejor que una mujer para asesorarte sobre la infinidad de pequeños detalles que delatan y evidencian la traición de su pareja?... Y cobran muy bien por toda esa información.

—Manolo, sin realizar algún otro comentario, volteó a ver a Pilar una vez más, pensando que esas eran el tipo de quemaduras que valía la pena soportar.

 

 

*

 

Ni siquiera sé con exactitud lo que siento, es como si trajera incrustado un imán en mi brújula emocional. Estoy confundida, no logro decidirme por camino alguno; es más, dudo mucho que exista un camino seguro para poder llegar a donde quiero. Lo peor de todo es que he llegado a dudar que ese lugar exista. Quizá simplemente es uno de esos espejismos que siempre ves al final del horizonte, pero que nunca llegas por más que avances. De lo único que sí estoy segura es que, antes de que algo pase, si es que pasa, tendré una férrea lucha contra la manada de demonios personales que han hecho de mi tranquilidad su guarida.

Según Rosario, su excitante aventura la atropelló de repente, sin que se diera cuenta. Creo que es la manera más fácil de hacer algo así. A mí todavía nada ni nadie me atropella, a pesar de que yo solita me estoy parando en medio de la calle. Voy caminando con los ojos cerrados en medio de una avenida atascada de sensaciones cafres; pasan a mi alrededor a toda velocidad, las siento rozando mis muslos, mi falda se levanta por la velocidad. Me excito y me lleno de miedos al mismo tiempo. No sé en qué instante ni por dónde, pero espero el trancazo. Esa espera es angustiante, salaz. Sé que el golpe va a llegar en cualquier momento… lo estoy buscando. Sólo espero ser lo suficientemente fuerte para soportarlo.

A ver qué pasa.

 

CONTINUARÁ....

 

 

Fragmento de la novela Angels Inc. Prohibida su reproducción total o parcial. Número de registro: 03-2007-082412021500-01

 

 



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Episodio 10. Siento más de lo que puedo confesar…
Episodio 9. Tranquila Desesperación…
Episodio 8. Simplemente… Sucedimos
Episodio 7. Afortunadamente, la vida no es justa…
Episodio 6. Salud… Por nuestros Secretos
Episodio 5. Primero se fue el aliento, después la ropa…
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