Episodio 9. Tranquila Desesperación…
15 Octubre, 2018

*

 

 

Rivelino se levantó y, sin saber por qué, acicateado probablemente por la desesperación e impotencia, tomó entre sus manos la uniforme escultura hecha con trozos de computadora y la arrojó por la ventana. Lo que acababa de tirar era su propio monumento a la infidelidad, ya que a través de esa máquina, mejor dicho, por medio de un correo electrónico que leyó en esa máquina descubrió que Cristóbal lo engañaba. Después de destruirla y de correr de su departamento a Cristóbal, guardó por un tiempo los pedazos en una caja dentro del armario. Cuando Fabio le compartió la idea de la agencia fue por la caja, sacó los pedazos y los ensambló, de tal manera que se pudieran mantener en pie como recordatorio constantemente de lo que sintió, para recordar que si la agencia existía era para evitar que otros y otras sufrieran el mismo dolor.

Afuera, en la calle, se escucharon un par de insultos destinados a quien había lanzado una computadora en plena vía pública; adentro, alrededor de Rivelino, flotaban pedazos de sentimientos incomprensibles.

 

*

 

 

Una lágrima cayó sobre la página principal del periódico que ostentaba como noticia de ocho columnas el fatal “accidente” de Ismael Salas. Nuevamente, Mariana limpió con un pañuelo desechable el camino de rímel que se formaba uniformemente en su mejilla.

Ismael le había demostrado cómo puedes ser totalmente compatible con un cuerpo, con un sudor, con un sabor, con un deseo de entrega y exploración de los límites; aunque él también le enseñó cuán frustrante y doloroso era encontrar esa compatibilidad en los abrazos de alguien que no te pertenece.

Originalmente, arrinconada por la necesidad de tenerlo siempre a su lado, había pensado únicamente en desengañar a la esposa de Ismael, con la esperanza de que después del trago amargo, éste regresara con ella y, además, sacarle dinero tanto a Don Eusebio como al director de la agencia de embusteros que cubrieron sus encuentros; pero por la mañana, al ver la noticia, todo cambió. En ningún momento creyó la versión del supuesto accidente, estaba segura que, por intereses políticos o por simple machismo, el candidato a la alcaldía había mandado a deshacerse de su propio yerno. Sí, vivía consciente que algo le haría al enterarse de todo, pero jamás se imaginó que llegaría a tanto. Pero sin duda alguna el veterano político había cometido un grave error, al dejar caer sobre ella el influjo del odio que tanto había tratado de esquivar; no la conocía, no sabía de lo que era capaz. Una hora atrás ya había concertado cita para reunirse en unos momentos con uno de los reporteros del principal diario de la ciudad quien, gustoso, accedió a comprarle la noticia y, sobre todo, las comprometedoras fotos que ella ofreció. Adiós alcaldía, adiós falsa imagen de hombre probo, adiós familia. Y no solamente él sufriría las consecuencias. Después de verse con el reportero tenía otra cita más, con el tal Fabio, quien también le entregaría una buena cantidad en efectivo como pago de su supuesto silencio y por las fotos que le tomó cogiendo en la camioneta. Lo único que él recibiría, al igual que el reportero, sería una memoria USB con las fotos que ella había seleccionado, copias al fin de cuentas, porque las “originales” aún permanecían en la memoria de su cámara digital, misma que tenía muy bien guardada, ya que era tanto su seguro contra accidentes como su mecenas. La esposa de Fabio también recibiría su respectiva USB con las fotos de su marido, más un CD y algunas impresas en formato jumbo para que no hubiera duda alguna de que las vería. Ella las recibiría por mensajería, para tener una confirmación real de entregado, sin tener que llevarlas personalmente. Mandarlas por correo electrónico no le parecía buena idea, podrían no llegar por lo pesado del archivo, irse a la bandeja de correo no deseado o de plano, ser borrado sin abrirse. Por eso, lo más seguro era que las recibiera en propia mano, sobre todo las impresas. Dio instrucciones claras de que sólo ella podría firmar de recibido y ya le habían confirmado que serían entregadas al día siguiente antes de mediodía, tal y como lo había planeado. El impacto iba a ser contundente, sin duda.

Tras haber arreglado su maquillaje escogió unas gafas oscuras con marco rojo. Abrió el cajón donde guardaba su ropa interior, sacó todo, retiró el doble fondo y extrajo del compartimento secreto un revolver .38 con cacha color hueso. Antes de poner todo en orden y cerrar el compartimento, se aseguró de que su cámara digital continuara ahí. Metió el arma en su bolsa, junto con las USB que estaba por intercambiar; puso el doble fondo, guardó sus prendas íntimas y se levantó. Al pasar frente al espejo se detuvo para cerciorarse que tanto su peluca como su vestido lucieran radiantes, provocadores, como a ella le gustaba. Se examinó con mirada escrutadora, hizo unos pequeños retoques al vestido y se marchó a paso acelerado.

 

*

 

 

Ojalá todas las decisiones fueran tan sencillas como escoger lo que vas a comprar en el supermercado. Te guías por el gusto de tu familia, en que sea sano, en el precio y listo, inclusive, te puedes dar el lujo de comprar cosas sólo para probar y, si no te gustan, no pasa nada. Hay muchas decisiones que he tomado que, hasta la fecha, ignoro si han sido realmente las correctas, aunque ruego que así sea o, por lo menos, que afecten lo menos posible si no lo han sido.

—Un kilo de jamón de pavo, por favor… un poco más gruesa la rebanada. Perfecto… Gracias

Yo no creo en la reencarnación, y si existiera de poco serviría, pues no me acuerdo de ninguna vida anterior, por ende tampoco de los errores cometidos en esas. Así que, al no tener punto de comparación, más que algunos añosos preceptos morales y religiosos, que la mayoría de veces son incompatibles con la naturaleza humana, únicamente contamos con esta vida para cometer cuanto error podamos y mientras tratamos de aprender de ellos, con la desventaja de que, con o sin reencarnación, tenemos un margen de error demasiado angosto, a pesar de que nos colocan en un escenario desconocido a interpretar una obra de cuyo guión carecemos.

—¡Auch! —escuché delante de mí. Al abandonar de tajo el campo de mis cavilaciones existenciales me di cuenta que, sin fijarme, golpeé con mi carro de supermercado la espinilla de un joven que estaba seleccionando unas cuantas pastas.

—¡Disculpa!… ¿Te lastimé?

—No te preocupes —me dijo el muchacho con cara de dolor, que por cierto resultó ser un bombón y me cayó muy bien por tutearme—. Dicen que es de buena suerte ser golpeado por una hermosa mujer.

—Guapo y amable, afortunada combinación —me escuché decir con un coqueteo inusual en mí.

—Estoy seguro que este día me va a ir muy bien, gracias a ti.

Ya no pude decir nada, sentía que los calzones se me hacían como yoyo. Al no saber qué hacer, como único recurso sonreí antes de continuar con mi camino. Cuando pasé a su lado sentí la misma sensación que cuando paso por el área de chocolates y me esfuerzo por no mirarlos, para que no se me antojen. Antes de girar volteé hacia atrás descubriendo que aún me seguía con la mirada, sonreí otra vez. Crucé todo el pasillo de cereales, di vuelta en los lácteos y quedé detrás de él, sin que se diera cuenta, entonces pude observar detenidamente sus nalgas, me gustaron.

Mi imaginación se enciende en automático, acción a la que últimamente se está acostumbrado; se alborota como cachorro sin correa. Me veo siguiéndolo hasta los baños, metiéndome al de caballeros detrás de él, acorralándolo dentro de uno de los privados, besándolo, masturbándolo, de rodillas frente a él tragándome su verga, abrazando sus nalgas, antes de que logre entender lo que sucede. Lo veo quitándome la camisa, los pantalones, volteándome, penetrándome con fuerza y sin recato, mientras se aferra de mi cabello…

Ahora reconozco que me gusta imaginarme esas escenas, que me gusta saber que hay alguien con quien ahora puedo hacerlas realidad; reconozco que me gusta el sexo rudo, los abrazos largos, los besos húmedos, las sonrisas sinceras, sentirme deseada; reconozco que durante mucho tiempo lo más real en mi vida han sido las fantasías, y reconozco que deseo convertirlas en recuerdos… lo más pronto posible.

 

 

*

 

Mariana pidió un capuchino para acompañar la tarta de manzanas que comía mientras esperaba. Según su reloj, el reportero llevaba ya diez minutos de retraso. Al terminarse la tarta se marcharía, no pensaba esperarlo más, pero antes del último bocado se sentó frente a ella un joven con gafas oscuras y gorra deportiva que le preguntó:

—¿Es usted la señorita Mariana?

—Puede ser, depende de quién sea usted.

—Espero que sí lo sea, porque si no, no sé qué voy a hacer con esto —terminó la frase poniendo sobre la mesa un abultado sobre, del cual se asomaban algunos billetes de alta denominación.

Mariana intentó tomar el sobre, pero el joven de gafas lo retiró sutilmente diciéndole:

—Ya le mostré lo mío, ahora necesito me muestre lo suyo.

Mariana sacó de su bolso la USB, colocándola sobre la mesa. El reportero la tomó, insertándola en la computadora portátil que ya había encendido y vio con beneplácito qué era lo que le esperaba.

—Esto se va a poner bueno —comenta el joven de gorra sin apartar la mirada de las fotografías, entregándole discretamente el sobre a Mariana, quien lo guarda de la misma manera. Se levanta y retira, sin agregar palabra alguna.

El reportero hace una llamada por su celular. “Las tengo”, se escucha decir. Al colgar guarda todo, la USB queda en la bolsa de su pantalón. Cuando está a punto de marcharse, la mesera le lleva una cuenta por pagar de una tarta de manzana y un café capuchino.

Mariana caminaba por el estacionamiento pensando que disponía de casi una hora para llegar adonde había quedado de verse con el director de la mentada agencia de coartadas. Al llegar a su automóvil abrió la puerta con cierta cautela errática, lanzó su bolso al interior y, cuando estaba a punto de entrar, sintió cómo la tomaban por la cintura desde atrás, al mismo tiempo que intentaban torpemente taparle la nariz y boca con un trapo atiborrado de cloroformo. No le costó mucho trabajo zafarse, darse la media vuelta y acertar una patada en la entrepierna de su atacante. Rápidamente, Mariana sacó la pistola que llevaba en su bolso, encañonando a su agresor, que se quejaba, ahora de rodillas. Cuando reconoció de quién se trataba tuvo la intención de lanzarle un par de vituperios antes de dispararle, pero un certero puñetazo en su mentón anuló ese y cualquier otro acto que hubiera tenido en mente.

Adolorido, Fabio recogió la pistola y se incorporó para ayudar a su primo a cargar a Mariana y meterla en la cajuela. Manolo se quitó la gorra junto con las gafas para amarrarle lo más rápido posible los pies y manos, después de colocarle un trozo de cinta industrial en la boca y, por las dudas, un poco de cloroformo en la nariz. Mientras tanto, Fabio buscó y encontró en el bolso de ella la otra USB con las fotografías que se suponía le entregaría dentro de una hora, además del ticket para poder sacar el auto del estacionamiento.

Se marcharon en el coche de Mariana, ambos con un agudo sentimiento de transgresión, pues nunca habían tratado así a una mujer, pero satisfechos, porque todo había salido según lo planeado. Casi todo…

 

 

*

 

Mientras espero a mis hijos afuera de la escuela, pajareando entre estupideces, veo a Lorena llevando de la mano a sus niñas, me da gusto pues hacía tiempo que no la veía por aquí. Recuerdo que al principio del año escolar solíamos llevarnos muy bien, hasta que, no sé si por descuido o simple mala suerte, se filtró la noticia de que tenía una aventura con un profesor. Al profesor lo corrieron y a ella no la había visto hasta ahora. En ese entonces fue muy criticada, se convirtió en la comidilla de todas, hasta mía. Hoy me siento mal por eso. No cabe duda que una nunca sabe, ni entiende, hasta que no tropieza con la misma piedra, aunque lo hagas por diferentes causas.

Entonces me dedico a observar a las mamás de algunos de los compañeros de mis niños, preguntándome cuántos secretos guardarán cada una de ellas. ¿Quiénes serán totalmente felices?, ¿quién tendrá sueños sin cumplir?, ¿quiénes creerán haberse equivocado?, ¿alguna vivirá una aventura similar a la mía?, ¿cuántas viven, o sobreviven, engañándose, negándose a ellas mismas? Puede ser don o defecto, pero algunas podemos vernos tan completas por fuera, que nadie podría darse cuenta que estamos rotas por dentro. Y es que las mujeres somos, en ocasiones, muy egoístas con nosotras mismas; respondemos con tanta comprensión a los problemas y deseos de los demás, pero hacemos oídos sordos a nuestras propias necesidades, tanto, que nos acostumbramos a ellas y, aunque sabemos que ahí están, no les prestamos atención, se van convirtiendo en un viejo e insignificante mueble que decora algún rincón de nuestra alma. Nos volvemos a percatar de su existencia hasta que, por accidente, tropezamos con él, y nos duele, aunque finjamos lo contrario.

Me pregunto también, por primera vez, qué es lo que pensarán todas ellas de mí, en qué concepto me tendrán. ¿Podrán notar el cambio que sufrí?, porque si algo me ha sorprendido, aparte del haberme atrevido a hacerlo, es el descubrir mi habilidad de mantenerme en una sola pieza, ecuánime, inmutable. Permanecer fría por fuera, cuando por dentro me estoy quemando a fuego lento. No es fácil, duele, pero mis circunstancias requieren un continuo perfeccionamiento en el arte de aprender a vivir en una constante y tranquila desesperación.

 

 

CONTINUARÁ... 

Fragmento de la novela Angels Inc. Prohibida su reproducción total o parcial. Número de registro: 03-2007-082412021500-01

 



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