#UNMUNDORARO

Érase una vez…

Érase una vez un Sentimiento que, a pesar de que las puertas del corazón que habitaba siempre se mantenían abiertas, no se atrevía a salir, a mostrarse, a gritar que existía. Vivía prisionero de sus propios miedos, porque una vez, mostrando su vulnerabilidad en un acto de fortaleza, se aventuró a salir, a mostrarse tal como era, se confió, creyó, se entregó y… Le partieron la madre.

Entonces, aquel Sentimiento, aprendió a vivir con bajo perfil, despacito, en cámara lenta, porque estaba destrozado y, si se movía de más, si se alborotaba de más, se podría desmoronar. Y no quería que eso pasara, sobre todo porque todos creían que era un sentimiento feliz, que todo lo tenía, y así tenían que seguir creyéndolo… Para el bien de todos.

Pero era demasiada realidad para tan poca vida. Necesitaba volver a creer, volver a sentirse vivo.

De pronto sucedió, lo que creyó que ya no sucedería… El Sentimiento se alborotó de nuevo, quiso salir, quiso correr, quiso volar. Salió, corrió, voló, pero sólo un poquito, porque tiempo atrás, él mismo se había encadenado. Y quizá la cadena era holgada, por momentos cómoda, pero cadena al fin. Así que, para estar donde quería estar, con quien deseaba estar, tenía que esperar, aguantarse las ganas, hasta que ella pudiera, hasta que ella quisiera, hasta que ella se acercara.

La vida se redujo a los momentos que estaban juntos… La vida se volvió esporádica.

Comenzó a vivir por ratitos y comenzó a tener miedo siempre, porque en cualquier momento podía perder lo que no era suyo. Porque sabía que, en cuestión de sentimientos, no podía vencer, sino conquistar, que no debía competir, sino compartir. Pero para eso, primero tenía que ser libre… Y no lo era.

Érase una vez, un Sentimiento…

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